Se equivoca quien crea que por echarse a la cara un libro, tanto mejor si es un clásico, va a salir de su espesura con inteligencia y va a abandonar por fin el dique seco. Como mucho este improvisado navegante sacará de entre esas páginas alguna idea nueva, cuyo crédito evitará revelar no vaya a ser que cuando esboce y lleve al papel sus florituras quede expuesto a incómodas comparaciones con el original. Hablo ahí de un personaje bastante reconocible, hecho a la idea de que esas minucias no pueden ser obstáculo para lanzarse a hacer literatura y exhibirse como genuino creador. Te lo puedes imaginar acodado en la mesa de trabajo, en su rincón favorito rodeado de sus fetiches inspiradores y algún libro de citas célebres. Como en ese escenario siempre se siente observado, te dedicará su actuación y, a tal efecto, inclinará abrumado su cabeza y llevará su mano hasta la frente para dar muestras de fatiga insuperable y remover allí suavemente, con los ojos entrecerrados, ese indómito mechón que se le viene hasta la ceja. Tan acabada es su representación que por un momento, como espectador, pensarás tú que allí dentro, en su mente, se ha desatado una terrible tormenta. Estate tranquilo, no tardará mucho en salir para ti de su ensimismamiento y justo entonces lo verás en su momento más crítico, porque es ahí cuando te mirará fijamente y, tras desembarazarse de cualquier asomo de decencia y pasar a limpio las ideas ajenas, declarará con aires de indiferencia: «¿Qué es lo que fue? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará; no hay nada nuevo bajo el sol»; y lo hará convencido de que así quedarán justificados sus atropellos. Imagina, además, que nadie echará en falta la cita a pie de página y que todos tomarán la luminosa frase como un destilado final de su activo intelecto. Siempre habrá —porque la gente está hoy muy documentada— alguien que, para chafarle su comedia, mostrará el número del versículo del Eclesiastés y reclamará para Salomón su papel de inspirador, dejando de este modo caer, con su legítima alegación, un oscuro e irremediable borrón en el flamante discurso del farsante. Salir airoso de la farsa requiere tablas y cierta dosis de jactancia para contrarrestar la acusación de botarate que se le vendrá encima. Si lo que sigue a esa declaración en su discurso aún merece la pena, quizá le sirva como excusa decir que «por clásico es lo antedicho tan común que ni merece acreditación»; si no merece la pena, debería quedar definitivamente expuesto al escarnio público por fatuo. Pero, incluso en el primer caso, después de su falta de escrúpulo, quién va a creer que merece la pena entrar a valorar su dudosa continuación de las ideas ajenas y, además, quién dice que no sigue siendo el resto de lo que ofrece una copia de algún otro autor más difícil de identificar. Puede que el periplo de este lector oportunista y navegante en aguas ajenas llegue a ser de interesantes consecuencias, pero cualquiera que lea la crónica de sus viajes, sospechando de su cinismo, evitará acompañarle. Un aviso para quien anda buscando rumbos nuevos: no es sensato seguir en su singladura al filibustero.
martes, 7 de septiembre de 2021
lunes, 6 de septiembre de 2021
Entre el espacio y la tierra
Atraviesas en sueños el espacio y no aciertas a saber si caes o vuelas. Nada deberías temer mientras sigas acogido ahí entre las alturas, pero no se te ocurra despertar o te reclamará la tierra resentida.
domingo, 5 de septiembre de 2021
Oportunidades
A un lado están los espabilados que dicen verlas venir, al otro los remolones que se conforman con dejarlas escapar y en medio somos mayoría los que, incapaces de pillarlas, las vemos simplemente pasar.
sábado, 4 de septiembre de 2021
Mi lágrima de piedra
Pretender que sólo pueden ser joyas las piedras talladas por el humano es
absurdo, porque de un modo u otro todas han sido talladas. Lo que pasa es que
la belleza natural sólo acaba destacando ante quien la quiere ver. Normalmente
en esto de la belleza nos dejamos llevar por el valor fijado para la piedra
por el mercado o por el número de horas empleadas en darle forma. Creo que es
un error seguir por ahí e incluso que no pocas veces carece de sentido adaptar
la materia al gusto dominante. Podemos ver el arte y la artesanía como formas
de intervención humana dotadas sin duda de grandes dosis de ingenio, pero quizá sea excesivo celebrar
su resultado como auténticas creaciones. No sé, la verdad, si como humanos
nos corresponden palabras tan grandes, tan sonoras. Todos queremos ser
creadores y queremos dejar en el mundo huella, por más que debamos contentarnos
con dejar a lo sumo descendencia. Nos atenemos a la idea de que el mundo por ser de todos no
es en realidad de nadie y, consecuentes con ella, nos empeñamos en firmar debajo de lo que un buen día
moldeamos a nuestro antojo para así poder proclamar a los cuatro vientos que eso es obra
nuestra.
No sé si es exactamente mía la piedra que ahora mismo tengo delante de mí, encima de mi mesa, junto al teclado. Creo que reposa ajena a todo lo que la rodea, que aparte de mí nadie realmente la reclama y que
tampoco solicita dueño que la posea. En esto lo único cierto es que a mí me gusta
verla. Por eso a veces la cojo y la palpo siguiendo cuidadosamente las
pequeñas estrías que la recorren, en las que hasta creo sentir los constantes tumbos
que ha ido sufriendo. Dentro de su evidente humildad lo extraordinario es que
al examinarla siempre remueve mi imaginación y me ofrece más de una sorpresa. A mí me parece que eso es
tan digno de aprecio si no más que lo que ofrecen la originalidad y la belleza.
Ya sé que no tengo delante un rubí, ni un ágata, ni una esmeralda, pero eso no quiere decir que mi piedra carezca de encanto. Supongo que por su condición telúrica tiene el raro poder de transmitir vibraciones y eso estimula en mí sentimientos positivos. Diría incluso que despierta en mí afectos nuevos hacia ese mundo mineral, siempre tan descuidado, una clase de afectos que probablemente ninguna de aquellas
otras piedras tan luminosas y codiciadas conseguiría.
Sin saber mucho de esto, supongo que, como los roquedos cercanos al lugar donde la encontré, la pieza de marras es una caliza del Terciario, del Oligoceno. La descubrí en el largo raso herboso que culmina el monte Azegi, una de las alturas que jalonan el valle de Esteribar. Estaba casi enterrada en la hierba, sólo era visible un cuarto de su volumen. Al principio no me pareció gran cosa, era sólo una curiosidad mineral como muchas otras de las que a veces bajo del monte. Fue después cuando me fue encandilando por su forma singular. Y no era sólo su forma, era también su tacto rugoso, su aspecto genuino lo que me atraía. Estaba tan bien modelada que me planteaba dudas de si había sido simplemente obra del azar o estaba ante una herramienta neolítica de fabricación humana. Con sus 5 centímetros, era de tamaño tan modesto que rondaba la insignificancia y no era fácil encontrarle función. Por esa razón es probable que quisiera darle a mi hallazgo algún relieve. Así que comencé a verla como una tremenda lágrima y eso hizo que se incorporaran al caso, sin pedir permiso, las explicaciones literarias.
Lo primero que se me ocurrió fue elucubrar acerca de quién habría podido ser el que dejó caer en lo alto del monte semejante lágrima. Con aquella apariencia opaca y gris, con aquel calibre gigante, pensé en alguna criatura colosal y un poco melancólica. Vendría ésta de las profundidades y al salir de ellas se habría visto confundida y aterrada por la claridad celeste. Sentí pena por esa figura monstruosa y hasta la imaginé arrodillada, con su enorme cabeza apoyada en la hierba y los ojos inundados de espesas y oscuras lágrimas. La angustia le atenazaba a plena luz del día, allí desorientada en lo alto de la montaña. Como el cielo la había descubierto vagando amenazante a la intemperie, se sentía obligada a pedir clemencia por quebrantar el encierro subterráneo al que había sido condenada por su abominable pasado. Aunque quiero imaginar su errática figura, no consigo darle forma, porque sólo me queda de ella desgraciadamente esa lágrima. Aun así, como muestra, la lágrima es tan tremenda que da la medida de lo terrible que debió ser la pena que arrastraba tras su sentencia. No obstante, me chirriaba un poco aquel llanto incontenible en un imaginario titán, así que cambié de registro. Podría suceder que el monstruo fuera un infame rey desterrado por su gente y perseguido por ella hasta las hondas simas que se abrían en la montaña. Se le habría ordenado refugiarse sin corte, séquito ni ayuda alguna en las alturas de lo que había sido su reino y obligado a descender desde allí a las lóbregas y temibles profundidades donde algunos de sus opositores habían sido encerrados. A veces quebrantaba las normas y salía a un raso herboso cercano. Pero apenas le aliviaba, porque desde allí arriba los días más claros podían llegar a ser para él los más tristes. Aturdido por tanta luz, hacía esfuerzos por contemplar sus dominios hasta que veía con hiriente detalle cómo la gente iba y venía libre de todas las servidumbres que de su férrea mano en otro tiempo conocieron. El espectáculo suponía una condena añadida, tan cruel además que no había día en que no derramara unas cuantas lágrimas. Sin embargo, aquellas lágrimas nunca llegaban a ser transparentes y sinceras. Por su pasada dignidad, por pura arrogancia, se creía en el deber de contenerlas y eso las hacía aún más grandes y densas. Lo que yo había recogido del suelo herboso, mi piedra, era seguramente una muestra de su terrible aflicción y prueba fehaciente de que ese rey imaginado existió. En cualquier caso, es más cómodo imaginar un rey pérfido y desconsolado que una princesa acosada y fugitiva. Pero, ¿y si el rey además de pérfido estaba dominado por una incontenible y lúbrica pasión hacia ella? Ese sería otro cuento. Y en ese cuento es muy probable que un día harta de tanto atropello ella se decidiera a escapar. Llegaría en su huida hasta un recóndito lugar del bosque y, como durante meses no cesó de llorar, bajo sus pies surgió un pequeño manantial de lágrimas. De hecho, lloró tanto y con tanta rabia que al final vio como sus lágrimas se cargaban de fuerza, ganaban cuerpo e iban tomando forma de pequeñas pero afiladas armas. Algo muy dentro le animaba a cobrarse venganza. Sus amigos del bosque, los que a diario bebían de su manantial, le avisaron de que el hombre que la había acosado, su padre, había dejado de ser rey y campaba ahora por las cumbres contemplando con torpe melancolía el reino perdido, aunque sin el menor signo de arrepentimiento por sus muchas fechorías. En realidad no había cambiado demasiado, tan sólo aspiraba a ser el de antes, a ejercer de nuevo su despótico mandato. Un día al ver merodear por los alrededores de la cueva a su hija, sus ojos se le encendieron. Quedó tan cegado por aquella visión de su lascivo pasado que rompió a llorar. Se equivocaría quien creyera que le embargaba alguna dulce emoción, ardía de irrefrenable deseo. Se acercó entonces con ímpetu dominante hasta ella y ni siquiera se insinuó sino que se fue directo a tomar de nuevo posesión de su cuerpo. Al intuir ella sus perversas intenciones, fue sacando de entre sus ropas el arsenal de contundentes y puntiagudas lágrimas que traía y se acercó hasta él solícita. A conciencia y sin ningún remordimiento, le clavó en el pecho aquel llanto suyo de letales lágrimas. Tras acabar su misión, la última la arrojó a la hierba donde quedó medio enterrada. Sería aquella lágrima el triste e imperecedero testimonio de su venganza. Allí la dejó, prefería no verla, quería olvidarla. Siempre supo que las lágrimas de piedra nunca desaparecen, que quizá no afloran del todo, pero que nos pesan siempre en el fondo. A veces le pregunto a mi lágrima si todo esto que imagino es cierto, pero ella calla su versión de la historia y nunca me contesta.
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| Vulgar caliza, Azegi, Esteribar |
Sin saber mucho de esto, supongo que, como los roquedos cercanos al lugar donde la encontré, la pieza de marras es una caliza del Terciario, del Oligoceno. La descubrí en el largo raso herboso que culmina el monte Azegi, una de las alturas que jalonan el valle de Esteribar. Estaba casi enterrada en la hierba, sólo era visible un cuarto de su volumen. Al principio no me pareció gran cosa, era sólo una curiosidad mineral como muchas otras de las que a veces bajo del monte. Fue después cuando me fue encandilando por su forma singular. Y no era sólo su forma, era también su tacto rugoso, su aspecto genuino lo que me atraía. Estaba tan bien modelada que me planteaba dudas de si había sido simplemente obra del azar o estaba ante una herramienta neolítica de fabricación humana. Con sus 5 centímetros, era de tamaño tan modesto que rondaba la insignificancia y no era fácil encontrarle función. Por esa razón es probable que quisiera darle a mi hallazgo algún relieve. Así que comencé a verla como una tremenda lágrima y eso hizo que se incorporaran al caso, sin pedir permiso, las explicaciones literarias.
Lo primero que se me ocurrió fue elucubrar acerca de quién habría podido ser el que dejó caer en lo alto del monte semejante lágrima. Con aquella apariencia opaca y gris, con aquel calibre gigante, pensé en alguna criatura colosal y un poco melancólica. Vendría ésta de las profundidades y al salir de ellas se habría visto confundida y aterrada por la claridad celeste. Sentí pena por esa figura monstruosa y hasta la imaginé arrodillada, con su enorme cabeza apoyada en la hierba y los ojos inundados de espesas y oscuras lágrimas. La angustia le atenazaba a plena luz del día, allí desorientada en lo alto de la montaña. Como el cielo la había descubierto vagando amenazante a la intemperie, se sentía obligada a pedir clemencia por quebrantar el encierro subterráneo al que había sido condenada por su abominable pasado. Aunque quiero imaginar su errática figura, no consigo darle forma, porque sólo me queda de ella desgraciadamente esa lágrima. Aun así, como muestra, la lágrima es tan tremenda que da la medida de lo terrible que debió ser la pena que arrastraba tras su sentencia. No obstante, me chirriaba un poco aquel llanto incontenible en un imaginario titán, así que cambié de registro. Podría suceder que el monstruo fuera un infame rey desterrado por su gente y perseguido por ella hasta las hondas simas que se abrían en la montaña. Se le habría ordenado refugiarse sin corte, séquito ni ayuda alguna en las alturas de lo que había sido su reino y obligado a descender desde allí a las lóbregas y temibles profundidades donde algunos de sus opositores habían sido encerrados. A veces quebrantaba las normas y salía a un raso herboso cercano. Pero apenas le aliviaba, porque desde allí arriba los días más claros podían llegar a ser para él los más tristes. Aturdido por tanta luz, hacía esfuerzos por contemplar sus dominios hasta que veía con hiriente detalle cómo la gente iba y venía libre de todas las servidumbres que de su férrea mano en otro tiempo conocieron. El espectáculo suponía una condena añadida, tan cruel además que no había día en que no derramara unas cuantas lágrimas. Sin embargo, aquellas lágrimas nunca llegaban a ser transparentes y sinceras. Por su pasada dignidad, por pura arrogancia, se creía en el deber de contenerlas y eso las hacía aún más grandes y densas. Lo que yo había recogido del suelo herboso, mi piedra, era seguramente una muestra de su terrible aflicción y prueba fehaciente de que ese rey imaginado existió. En cualquier caso, es más cómodo imaginar un rey pérfido y desconsolado que una princesa acosada y fugitiva. Pero, ¿y si el rey además de pérfido estaba dominado por una incontenible y lúbrica pasión hacia ella? Ese sería otro cuento. Y en ese cuento es muy probable que un día harta de tanto atropello ella se decidiera a escapar. Llegaría en su huida hasta un recóndito lugar del bosque y, como durante meses no cesó de llorar, bajo sus pies surgió un pequeño manantial de lágrimas. De hecho, lloró tanto y con tanta rabia que al final vio como sus lágrimas se cargaban de fuerza, ganaban cuerpo e iban tomando forma de pequeñas pero afiladas armas. Algo muy dentro le animaba a cobrarse venganza. Sus amigos del bosque, los que a diario bebían de su manantial, le avisaron de que el hombre que la había acosado, su padre, había dejado de ser rey y campaba ahora por las cumbres contemplando con torpe melancolía el reino perdido, aunque sin el menor signo de arrepentimiento por sus muchas fechorías. En realidad no había cambiado demasiado, tan sólo aspiraba a ser el de antes, a ejercer de nuevo su despótico mandato. Un día al ver merodear por los alrededores de la cueva a su hija, sus ojos se le encendieron. Quedó tan cegado por aquella visión de su lascivo pasado que rompió a llorar. Se equivocaría quien creyera que le embargaba alguna dulce emoción, ardía de irrefrenable deseo. Se acercó entonces con ímpetu dominante hasta ella y ni siquiera se insinuó sino que se fue directo a tomar de nuevo posesión de su cuerpo. Al intuir ella sus perversas intenciones, fue sacando de entre sus ropas el arsenal de contundentes y puntiagudas lágrimas que traía y se acercó hasta él solícita. A conciencia y sin ningún remordimiento, le clavó en el pecho aquel llanto suyo de letales lágrimas. Tras acabar su misión, la última la arrojó a la hierba donde quedó medio enterrada. Sería aquella lágrima el triste e imperecedero testimonio de su venganza. Allí la dejó, prefería no verla, quería olvidarla. Siempre supo que las lágrimas de piedra nunca desaparecen, que quizá no afloran del todo, pero que nos pesan siempre en el fondo. A veces le pregunto a mi lágrima si todo esto que imagino es cierto, pero ella calla su versión de la historia y nunca me contesta.
viernes, 3 de septiembre de 2021
El drama del analista
El que juega a buscar llaves no tiene verdadera intención de entrar a ninguna parte. Para él al otro lado de la puerta está la realidad y la cerradura es el inicio de un amargo contraste. Si al probar la llave no acierta, se verá obligado a aprender otro método y a reanudar su frenética partida; si acierta, es todavía peor, es el final del juego y lo que le espera tras cruzar el umbral es la conclusión, de tamaño tan diminuto que, pese a su brillo, pronto queda sumida en un vacío profundo en el que escarbará y escarbará desesperado para dar con la última llave, la que encierra la única verdad, la que abre la puerta de salida.
jueves, 2 de septiembre de 2021
¿Sabemos vivir?
Pues no, está claro que no sabemos vivir, simplemente vivimos. Se supone que si supiéramos lo haríamos mejor, de una forma más eficiente o, al menos, más satisfactoria. Pero conviene no equivocarse: no obedecemos a reglas fijas y las instrucciones sólo llegan, en el mejor de los casos, a orientarnos. Por otro lado, tampoco estoy seguro de que la efectividad vital —sea esto lo que sea— produzca más satisfacción personal, de igual modo que nunca acabo de ver cómo la satisfacción momentánea puede traducirse en un estado de felicidad. Así que formulemos la pregunta inicial, pero con más implicaciones. ¿Acaso saber vivir significa lo mismo que ser feliz? Hay razones para dudarlo. Pensemos un poco en los supervivientes de catástrofes o en los que viven a duras penas con lo poco de que disponen. ¿Diríamos que no saben vivir porque se muestran ajenos al patrón con que muchos miden la felicidad? Quizá tenga también algo que ver el hecho de que por felicidad se sobreentiende un régimen de vida sin penurias ni sobresaltos. Mejor que nadie me pregunte ahora qué es entonces eso de ser feliz. Lo que sí creo es que toda esa gente de la que hablaba ha demostrado y demuestra cada día que en situaciones difíciles saben mantenerse vivos. Así pues, lo que toca preguntarse es: ¿aquel que sabe mantenerse con vida y apura su instinto de supervivencia no es también el que más sabe sobre lo que es realmente vivir? Dejemos ahí la cuestión, pero entonces hay otra que merece la pena tener en cuenta. Se trata de algo que es fácil de constatar: para sobrevivir se tira de instinto y de poco sirve lo que previamente uno hubiera podido aprender en las guías de supervivencia. Y lo que se constata en el caso de la supervivencia, vale en general para la vida, incluso para la más rutinaria. No, no existe manual de uso ni prontuario de reglas con el que sacarle mejor partido. Es inútil pensar que se puede aprender a vivir en cursos programados, por mucho que nos empeñemos en creer que educando marcamos a nuestros retoños los mejores caminos. Es vivir, o mantenerse vivo, lo que nos empuja a aprender por dónde nos movemos, pero propiamente nadie aprende así a vivir sino a lo sumo a trazar su propio camino.
miércoles, 1 de septiembre de 2021
Calamidades que asolan la memoria
Cuando la calamidad ataca y se ceba con la memoria no nos queda más remedio que seguir su evolución con una mezcla de asombro y temor. No se suelen ver venir, porque esas calamidades nunca se declaran de forma repentina, surgen lentamente y avanzan a la manera de plagas, de tal modo que cuando ya han invadido ese territorio gris donde mansamente habitan millones de neuronas y reconocen en el centro ese castillo casi aéreo desde el que se gobiernan, no paran hasta que desdibujan todos los caminos que conducen a él y logran su definitiva ruina. Cada cual estima e identifica a su manera sus propios temores frente a lo que ve y algo parecido pasa con esas calamidades. Eso hace que pase uno a vigilarse de cerca en cuanto presiente que algo dañino va ascendiendo como una imparable marea de fondo. Por lo que llevo conocido, a mí me parece que la memoria es susceptible de sufrir sobre todo tres tipos de calamidades. Me refiero a la nostalgia, la venganza y el olvido, ya que son las que con mayor impacto y efectos más devastadores la aquejan, propiciando en muchos casos un deterioro que resulta tanto más dramático cuanto más temprano. Aunque es relativamente sencillo concretar cuáles son las peores calamidades, no lo es tanto detectar sus silenciosos avances. Sólo cuando el daño se ha hecho con la memoria, percibimos desde fuera que ese portentoso órgano, el cerebro, con el que el paciente venía registrando los hechos en los que se basa su trayectoria, no funciona todo lo bien que sería de esperar y su pequeña historia va dando tremendos bandazos. De todos modos las afecciones de las calamidades y sus manifestaciones en las personas varían notablemente según los casos.
En el caso de la nostalgia estamos ante un estado de conciencia, por así decir, en que la memoria se recrea vagamente en el bien perdido y eso lleva al afectado a perder el sentido de lo que realmente sucedió tras haber elegido cuidadosamente como alternativa un espacio ideal donde todo se vuelve a desarrollar de un modo armonioso, gracias a a lo cual, por muy incierto que todo le parezca en él cuando le sobreviene cierta lucidez, consigue atraerle y cautivarle por completo. El disfrute, aunque sea aplazado, de aquel bien que se perdió convierte la nostalgia en la cara más amable de un mal de mayores y más profundas consecuencias como es la melancolía. De algún modo la nostalgia es su afección en la memoria. Si la melancolía carga tintas oscuras sobre la conciencia de uno mismo y llega a desactivar la voluntad de actuar, la nostalgia puede a veces servir de estímulo a la hora de promocionar desde la memoria ese proceso disolvente. Para combatirlo la mente tiende a reclamar de la memoria ese mundo balsámico que con tanta delicadeza el afectado ha ido tejiendo con los momentos más encantadores que ha podido encontrar en su pasado.
A diferencia de la nostalgia, que siempre gira en torno al bien y a la que la mudanza a lo ideal no le arredra en su vocación expansiva, la venganza se concentra de manera obsesiva en un perjuicio que es normalmente físico y por ello evidente y hasta tangible. Para el afectado ese perjuicio nunca fue fortuito, así que es imperativo que sea su causante quien asuma consecuencias, incluso físicas, toda vez que ha pasado a ser visto a sus ojos como el mensajero del mal. Ese mal, además de incurable, es tan persistente y se memora con tanta insistencia que alimenta el firme deseo de acudir al foco y anular al mensajero. Una vez convertido en vengador, la memoria del afectado no cesa de remitirle al mundo físico en busca del culpable, cuya ostentosa presencia se mueve en inversa proporción respecto a su dolorosa sensación de ausencia. Además de abrir un penoso vacío, esa ausencia hace imposible restaurar ese mundo pasado que la memoria aún retiene y en el que a duras penas intenta vivir. Continúa en el intento hasta que hasta finalmente se rinde y todo aquel mundo deviene fallido e incompleto. Es por tanto esa ausencia, que él se resiste a aceptar como pérdida, la que acaba por invalidar su mundo y su propia presencia en él, hasta el punto de resultarle imposible regenerar su memoria y reparar el daño sufrido. Todo esto genera un ciclo malsano y ese ciclo reiterado provoca a su vez un vértigo obsesivo y claramente enfocado que puede incluso arrastrar al afectado a conclusiones y acciones trágicas.
En el olvido la pérdida no se da de forma singular y física sino en plural, es absoluta y definitiva, porque el olvido llega para secuestrarlo todo, aunque traslada amablemente, en compensación, al afectado a un mundo exterior donde los males padecidos y los bienes disfrutados ni existen. Ese secuestro del recuerdo no es instantáneo ni consecuencia de un desgraciado accidente, es una calamidad que se manifiesta de forma paulatina hasta la pérdida definitiva de contacto. Poco a poco la memoria se extravía dejando escaso rastro y apenas posibilidades de que desde fuera se pueda dar con su paradero. Nos consta que lo que se pierde sin haberlo registrado por algún medio artificial, en papel o en imágenes, ya no se recupera. Pero sabemos también que lo registrado no es más que un pálido reflejo de todo lo que la memoria atesoraba. No hace falta fijarse en el discurso incoherente, es la propia voz destemplada, junto con los silencios entrecortados y cada vez más prolongados, el más fiel indicio de la celeridad con la que su mundo se nos va ocultando. En la sociedad actual tendemos a cifrar la pérdida asignándole un valor, casi siempre numérico, un valor que tiende inexorablemente a cero, a medida que la luz que iluminaba el mundo del afectado progresivamente se apaga. No me gustan demasiado esos símiles con valoraciones, me parece mejor dar a esa pérdida un sentido y aprovechar los restos salvados del naufragio, todo lo conservado en escritos, fotografías y grabaciones fonográficas, para imaginar en nuevos mundos lo que que el mundo perdido en su memoria habría podido llegar a significar. Al fin y al cabo crear no es mucho más que rememorar, mediante los hechos vividos por uno, las inquietudes que otros vivieron. Son las trazas de esas memorias ajenas, muchas de las cuales siguen a nuestro alcance, las que nos ayudan a rescatar mundos y es tarea del creador encontrarles positiva significación en el nuestro.
En el caso de la nostalgia estamos ante un estado de conciencia, por así decir, en que la memoria se recrea vagamente en el bien perdido y eso lleva al afectado a perder el sentido de lo que realmente sucedió tras haber elegido cuidadosamente como alternativa un espacio ideal donde todo se vuelve a desarrollar de un modo armonioso, gracias a a lo cual, por muy incierto que todo le parezca en él cuando le sobreviene cierta lucidez, consigue atraerle y cautivarle por completo. El disfrute, aunque sea aplazado, de aquel bien que se perdió convierte la nostalgia en la cara más amable de un mal de mayores y más profundas consecuencias como es la melancolía. De algún modo la nostalgia es su afección en la memoria. Si la melancolía carga tintas oscuras sobre la conciencia de uno mismo y llega a desactivar la voluntad de actuar, la nostalgia puede a veces servir de estímulo a la hora de promocionar desde la memoria ese proceso disolvente. Para combatirlo la mente tiende a reclamar de la memoria ese mundo balsámico que con tanta delicadeza el afectado ha ido tejiendo con los momentos más encantadores que ha podido encontrar en su pasado.
A diferencia de la nostalgia, que siempre gira en torno al bien y a la que la mudanza a lo ideal no le arredra en su vocación expansiva, la venganza se concentra de manera obsesiva en un perjuicio que es normalmente físico y por ello evidente y hasta tangible. Para el afectado ese perjuicio nunca fue fortuito, así que es imperativo que sea su causante quien asuma consecuencias, incluso físicas, toda vez que ha pasado a ser visto a sus ojos como el mensajero del mal. Ese mal, además de incurable, es tan persistente y se memora con tanta insistencia que alimenta el firme deseo de acudir al foco y anular al mensajero. Una vez convertido en vengador, la memoria del afectado no cesa de remitirle al mundo físico en busca del culpable, cuya ostentosa presencia se mueve en inversa proporción respecto a su dolorosa sensación de ausencia. Además de abrir un penoso vacío, esa ausencia hace imposible restaurar ese mundo pasado que la memoria aún retiene y en el que a duras penas intenta vivir. Continúa en el intento hasta que hasta finalmente se rinde y todo aquel mundo deviene fallido e incompleto. Es por tanto esa ausencia, que él se resiste a aceptar como pérdida, la que acaba por invalidar su mundo y su propia presencia en él, hasta el punto de resultarle imposible regenerar su memoria y reparar el daño sufrido. Todo esto genera un ciclo malsano y ese ciclo reiterado provoca a su vez un vértigo obsesivo y claramente enfocado que puede incluso arrastrar al afectado a conclusiones y acciones trágicas.
En el olvido la pérdida no se da de forma singular y física sino en plural, es absoluta y definitiva, porque el olvido llega para secuestrarlo todo, aunque traslada amablemente, en compensación, al afectado a un mundo exterior donde los males padecidos y los bienes disfrutados ni existen. Ese secuestro del recuerdo no es instantáneo ni consecuencia de un desgraciado accidente, es una calamidad que se manifiesta de forma paulatina hasta la pérdida definitiva de contacto. Poco a poco la memoria se extravía dejando escaso rastro y apenas posibilidades de que desde fuera se pueda dar con su paradero. Nos consta que lo que se pierde sin haberlo registrado por algún medio artificial, en papel o en imágenes, ya no se recupera. Pero sabemos también que lo registrado no es más que un pálido reflejo de todo lo que la memoria atesoraba. No hace falta fijarse en el discurso incoherente, es la propia voz destemplada, junto con los silencios entrecortados y cada vez más prolongados, el más fiel indicio de la celeridad con la que su mundo se nos va ocultando. En la sociedad actual tendemos a cifrar la pérdida asignándole un valor, casi siempre numérico, un valor que tiende inexorablemente a cero, a medida que la luz que iluminaba el mundo del afectado progresivamente se apaga. No me gustan demasiado esos símiles con valoraciones, me parece mejor dar a esa pérdida un sentido y aprovechar los restos salvados del naufragio, todo lo conservado en escritos, fotografías y grabaciones fonográficas, para imaginar en nuevos mundos lo que que el mundo perdido en su memoria habría podido llegar a significar. Al fin y al cabo crear no es mucho más que rememorar, mediante los hechos vividos por uno, las inquietudes que otros vivieron. Son las trazas de esas memorias ajenas, muchas de las cuales siguen a nuestro alcance, las que nos ayudan a rescatar mundos y es tarea del creador encontrarles positiva significación en el nuestro.
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