viernes, 29 de abril de 2022

El valor de la mentira

De las fuentes sólo mana agua, en el corazón sólo encuentra sobrado impulso la sangre y desde el cielo sólo nos llegan como un flagelo, los rayos y la lluvia. Lo demás son ganas de hacer metáforas, de cubrir con pedrería rica las miserias evidentes, carne toda demasiado vista, en un intento de disimular una fachada tan infame como reseca. Podemos entrar con ellas en intrigas imaginativas, ampliar el gesto de la pluma hasta que el engaño parezca un fenómeno: llega la literatura encantadora. Y por qué no. Quién dice que no podremos, si somos lo bastante diestros, inventar fuentes de plata, adentrarnos en el corazón de las tinieblas y revestir los cielos con delicado manto púrpura. Ahora bien, si un día nos da por volver a la verdad, también puede que nos sintamos más siniestros que diestros al ver que de esa fuente esperanzadora nunca mana nada, que en ese corazón tan oscuro no caben los latidos y que en esos cielos opacos la luz queda tristemente presa.

jueves, 28 de abril de 2022

A quién te debes

«Hago lo que debo, no lo que a ti te debo sino lo que a mí mismo me debo, pues al hacer cuentas ante todos demuestro que nunca por pequeño seré tu deudor, que quiero ser ante todo mi propio dueño.» 
Frases como ésta se lanzan al aire en rima consonante, engordando el énfasis y agigantando ligeramente la figura, un poco a cara de perro literato, para impresionar al de enfrente cuando éste sostiene ante uno,  sonriente y muy crecido, la brújula, la batuta o incluso la correa. De la convicción demostrada penden la dignidad que se siente y la libertad a la que se aspira. Sin duda. Pero esa convicción y las consiguientes proclamas —valga como ejemplo la de arriba— crecen a veces ajenas a la realidad. La ilusión de ser uno mismo, sin deudas, cargas o hipotecas, nos lleva a coquetear con la impostura y obliga a entrar en un mundo teatral en el que no siempre uno está cómodo. Palabras mayores serían instalarse a vivir en él, pretendiendo ser lo que definitivamente uno no es, por ejemplo libre, pero eso es al final una sensación y queda ya para cada cual digerirla a su manera. Ante los demás, tampoco hay razón para que uno se acepte sometido, es cuestión más bien de conocerse y de reconocer la medida de la propia convicción, así como lo que estaría dispuesto a aguantar para mantenerla viva. Normalmente los golpes no se reciben de esa figura prepotente, con cuya escala uno en un principio cree medirse, sino de la propia realidad, de la más cercana, poblada de gregarios ruines, de gente conforme de seguir bajo su yugo colectivo. A quien se proclama libre puede que aquel de arriba lo ignore o, si lo conoce, puede que no lo soporte o incluso que lo persiga, pero lo que es más seguro y decepcionante es que sean sus próximos los que no le crean y los que, al escuchar ese gallardo desplante sobre el ser y el deber, simplemente se rían.

martes, 26 de abril de 2022

Gritos en el discurso

Gritas y sientes como que algo por dentro se te endurece. No digo ya la garganta o el cuello, porque no estoy hablando de anatomía. Lo que se endurece en realidad es la mente. A voz en grito, pronto se muestra atascada y poco favorable a pensar. Así pues, si necesitas gritar a quien tienes delante, empieza a sospechar que tienes un incipiente problema y realmente poco que decir. Por aclarar, hablo ahí del grito del enajenado, no de un grito de alerta. Que no es cuestión de confundir el grito salvador con uno amenazador, si bien podría haber algún motivo para la duda, ya que ambos vienen a ser de advertencia. Y por lo mismo no habrá que confundir intimidar a alguien con señalar lo temible. La diferencia ahí es incluso más obvia: en el primer caso, de lo temible es quien grita poseedor, mientras que en el segundo es temeroso observador. Desde este lado, desde donde se oyen, los gritos asustan e invitan a poner distancia y refugiarse en busca de cierta seguridad. No digo que el grito no pueda deberse a la urgencia, pero abundan los casos, y son preocupantes, en que se adivina un abandono de la palabra, en que se hace tabla rasa del lenguaje. Hay, no obstante, algunos también en que el grito aúna ambos aspectos y a la urgencia se le suma la brevedad. Notarás que en estos  el tono del mensaje se eleva quizá para no pasar desapercibido. Es lo típico en una orden. La orden es de obligado cumplimiento y nunca motivo de reflexión, y debe ser además perentoria y de inequívoca interpretación. A quienes dan órdenes, el grito les parece lo más indicado para que llegue clara y enérgica su demanda. No reparan, sin embargo, que eso irrita sobremanera a quienes por inferiores deben obedecer nada más oír. Ese sería un primer ejemplo de conflicto, pero hay más. Por ejemplo, no parece muy claro, ni siquiera efectivo, lo del orador que en ciertas fases de su discurso intenta sobrecargarlo de énfasis y tornarlo flamígero a base de lanzar grandes gritos. No es que le mueva siempre un afán de llegar o de sorprender a la multitud, porque tampoco lo hace de otro modo ante un público reducido. Creen simplemente que el grito les asegura más éxito. Y no digo que no lo consigan entre algunos de quienes les escuchan y en ocasiones también entre muchos. Es bastante fácil que, al confundir el énfasis con la alerta, el público se le muestre al orador enfervorecido y que se sienta llamado al orden que proclama. Pero, además de ese público, seguro que hay otro al que el griterío y las salidas de tono extrañan, por entender que con los gritos se acaba cualquier discurso. Con ese tono encendido y ese énfasis sobreactuado, temen que se les solicite una adhesión incondicional y se les inste a entregarse a un credo inequívoco. Por eso es natural que quien pacientemente espera que tras el discurso llegue alguna conclusión, se sienta con esas voces estentóreas del todo defraudado y abandone de inmediato la reunión.

lunes, 25 de abril de 2022

La dura ascensión

—Recuerda, ascender es mérito y esfuerzo.
—¿Y si una vez arriba va y me entra la risa?
—Pues imagínatelos abajo a todos muertos.
—Sí, tendré que hacerlo si pretenden subir.

domingo, 24 de abril de 2022

Dar

Al que da a todos por igual todos le reconocen su generosidad, al que da a cada cual según sus necesidades se le recrimina por intentar hacer justicia. Imbuida de cinismo dice la autoridad: Si conformar a todos es motivo de gratitud segura, ¿por qué arriesgarse a interpretar sus vidas?

sábado, 23 de abril de 2022

Andante

La obra de Barrière no es muy amplia, cuatro libros de sonatas para violoncello y bajo continuo, otro para el sorprendente pardessus de viola y otro más para clavicordio. Barrière representa el tránsito en Francia de la viola de gamba, que había sido el instrumento de cuerda hegemónico con figuras señeras como Monsieur de Saint-Colombe o Marin Marais, al violoncello con el que en Italia se practicaba desde el siglo XVII. Imagino que allí, no sé bien si por la aparición del estilo concertado, se fraguó un desdoblamiento tonal que aconsejaba en el caso de las cuerdas dos instrumentos distintos, el violín y el violoncello. En todo caso, la sustitución de la prestigiosa viola por éste último es un enigma que corresponde desentrañar a los musicólogos. Sabemos, por ejemplo, que Bach fue uno de los primeros que optó por darle al violoncello protagonismo solista. No podemos olvidar también que, antes de sus espléndidas Suites, Bach había compuesto tres sonatas para viola de gamba. Algunos alegan que la difusión y éxito del instrumento se debe a que el violoncello es más sencillo, quizá por tener menos cuerdas, y menos dado al exigente virtuosismo que imperaba en las composiciones para viola. Sin embargo, la variedad temática y la complejidad de las Suites demuestran, sin ir más lejos, que ese argumento es absolutamente infundado.
Conviene señalar que en el caso de Barrière hay de por medio una estancia en Italia, de donde puede que volviera convencido de las posibilidades que el nuevo instrumento ofrecía. El período de composición del libro IV es un poco posterior al tránsito al violoncello emprendido por Bach, aunque en esto todas las fechas parecen bien poco fiables. Lo que aquí traigo de Barrière es una de las sonatas de ese libro, la cuarta en concreto, escrita en tonalidad de Sol mayor. Su inicio es, como corresponde a la tonalidad, verdaderamente risueño y a la vez bastante sosegado. A la elegancia propia de la viola añade el violoncello cierta profundidad, dotando al sonido de nuevos matices que confieren a las cuerdas de este tramo tonal un carácter nuevo y distinto. En este andante, más que andar la melodía parece marchar al trote, un trote discreto que combina las notas largas con delicados arpegios. El virtuosismo que en su desarrollo se apunta llegará al paroxismo en el movimiento final, un allegro prestissimo endiablado. En su interpretación Bruno Cocset sabe estar en todo momento a la altura de las dificultades, resolviendo con elegancia sublime las retos que le vienen impuestos por la partitura.


Andante de la Sonata IV en Sol mayor, libro IV, Jean Barrière
Bruno Cocset, violoncello
Les Basses Réunies.

viernes, 22 de abril de 2022

En boca cerrada...

En tiempos tan dramáticos como los que actualmente corren, ponerse a discursear sobre las razones que podemos tener para abrir la boca en público, o para mantenerla cerrada, se tomará por entretenimiento frívolo y a quien lo practica directamente por idiota. Correré el riesgo, pues la cabeza no me da tregua y no paro de hacer conjeturas sobre este asunto tan trivial. Y cuando hablo de abrir la boca no me refiero, claro está, a esas sonrisas en las que apenas se dejan entrever furtivamente una o las dos hileras de dientes o a esas veces en  que se farfulla entreabriéndola o torpemente se babea, me refiero a una apertura nítida como la de quien abre con franqueza la puerta a su interior, tanto da si desciende al cuerpo como si se eleva hasta la mente. 
En lo relativo concretamente a la mente, lo digo por empezar por algo, parece evidente que la boca es puerto de salida de buena parte de lo que maquinamos y lanzamos después al exterior. La abrimos y damos con destreza curso modulado a nuestra voz para así transmitir los mensajes que bajan de nuestra tumultuosa cabeza y se nos agolpan buscando salida. En general, por esa vía los pensamientos suelen discurrir con fluidez, aunque llegan en ocasiones tan desbocados que se abren paso a base de gritos y alaridos, para aliviar a la mente del hartazgo al que llega a verse sometida. Para entenderlo mejor: la boca actúa ahí como una válvula de presión y, cuando por un momento se cierra, no tardan en observarse las funestas consecuencias. Poco a poco la tensión insostenible va esculpiendo el rostro del sujeto y asistimos de hecho a una metamorfosis que hace de él alguien irreconocible. Los ojos le resurgen saltones como inyectados en sangre, el ceño fruncido dibuja laberínticos y profundos vericuetos, las cercanas comisuras caen a plomo descarnando las mejillas y haciendo visible el rigor de los huesos, y hasta la barbilla se adelanta y le da un aspecto amenazante al encajar con firmeza ambas mandíbulas. Por fortuna, en medio de tanta agitación y malestar, propios en definitiva de las circunstancias, siempre contamos con la nariz como vía de urgencia para respirar, pero aun así atrapamos el aire con dificultad. Pronto comprobamos que la cuota que aspiramos no nos basta. A falta de inspiración que nos permita desplegar las alas y escapar del agobio, sólo le queda a nuestro cuerpo la oportunidad de agitarse y debatirse con una sensación de agonía. En ese apuro, lo sabemos, su atmósfera interior se va tornando tan viciada que le castiga finalmente el pecho impidiéndole tomar más aire y alcanzar un mínimo equilibrio. Evidentemente callar no es ahí solución, y más si se ejecuta a boca rigurosamente cerrada. 
De forma más sosegada actúan quienes callan por temor a hablar. En este grupo destacan sobre todo quienes se resisten a emitir su opinión. Opinar en público es mucho más que hablar y las consecuencias son por tanto mayores. Sin embargo, mantener los pensamientos almacenados a la espera de momento oportuno no es lo mejor, puede que no sea ni beneficioso. No tanto por lo que se les priva a los demás como por la sensación de que los pensamientos, al entrar en una periódica circularidad, acaban por ser tan dañinos como un taladro mental y generar un estado obsesivo de ansiedad. Algunos lo solucionan actuando con discreción, evitando los pronunciamientos generales y acotando su público. Aunque de poco vale si el mensaje resulta molesto y el poder se empeña en cerrarle la boca. No aparecerán los signos anteriores, pues nada nos impedirá respirar, pero aquello de batir alas y escapar se nos hará cada vez más urgente.
Frente a toda esta abundante legión de mudos estarían quienes padecen de incontinencia verbal. Aunque parezca lo contrario, no lo tienen estos mucho mejor. Con buen criterio, los demás suelen darles abundantes razones para mantenerse en silencio. Razones que desoyen aun a riesgo de perecer casi ahogados por su afición a los discursos interminables. Llegados a cierto punto, tampoco los pensamientos les sobreviven, ya que no se pueden expresar con claridad suficiente como para resultar inteligibles. Muchos creen ejercer su derecho a manifestar libremente su opinión, pero apenas son conscientes de que su opinión, aun siendo libre, es irrelevante y hasta cansina por quienes obligadamente le escuchan. Se sienten campeones del derecho cuando sólo son empecinados pelmas sin nada interesante que decir. Éste del discurso vacío, la clásica verborrea, es uno de los delirios más comunes y quizá el único que se experimenta despierto y donde aún se conserva un halo de lucidez. Después de todo, en cogiendo carrerilla, hilar palabras no es tan complicado como parece. Ahora bien, demostrar criterio en el discurso y, más aún, que éste resulte de utilidad es algo que está a otro nivel. Si lo previsible es que a nada de eso se va a llegar, ya tenemos una razón clara como para cerrar la boca y ahorrarles tiempo y molestias a los demás.
Al empezar por la mente y penar en las razones para no hablar, he dejado ver cuál es mi preocupación ante el silencio ocasional o perpetuo, forzado o voluntario; una preocupación no muy diferente, por otra parte, de la que puede tener cualquier humano actual. Pero si nos vamos a otros humanos más primitivos, podemos dejar a un lado la mente. Aun sin dejar apreciar la importancia de los aullidos y gruñidos, como tosca evidencia de lenguaje, reconoceremos que la boca, una vez abierta, tenía en ellos como misión principal la de comer algo que ayude a sobrevivir. Aquí la boca tiene un papel fundamental, tan imprescindible y filológico como el respirar. Esto lo vemos en los animales, particularmente en los mamíferos, tan similares en muchos aspectos a nosotros. Si lo miramos con cierto desapego, entenderemos que comer es en sí mismo y en cualquiera de las especies un espectáculo. En nuestro caso, la comida concede a la boca un protagonismo claro en la escena. No sólo se muestran los dientes con crudeza, si no que son dedicados a la terrible función para la que están preparados. Comemos con naturalidad, rasgando, salivando y masticando restos de otros animales, una función que bien mirado es repugnante. Cerrar la boca carece ahí de sentido, porque para seguir viviendo dependemos de poder mantenerla abierta. Abrirla con discreción, sin dar la sensación de que se está devorando una víctima, ni es sencillo ni nos disculpa. Un plato de lentejas no ofrece mayor problema, pero quien va despiezando y llevándose a la boca las patas o la cabeza de un animal puede que se plantee el acto de comerse unos a otros como una monstruosidad. Ver ejecutar al comensal de enfrente en la mesa esta operación aparentemente convencional pone en evidencia la crueldad del espectáculo y deja incluso mal sabor de boca. Si ni siquiera sirve de disculpa el fino escrúpulo de una señorita a dentellear el trocito de carne ensartado en el tenedor, cuánto más será el horror cuando tenemos delante a alguien peleándose y tragando con zafias maneras una tremenda paletilla de cordero. No es de extrañar que entre ellas se haya extendido ese reflejo pudoroso de llevarse la mano a la boca nada más tomar el bocado. La idea de que el acto de comer tiene algo de agresivo e imperdonable nunca nos abandona del todo. En eso ellas nos van marcando el paso.