jueves, 30 de septiembre de 2021

Atentos a la tilde

«En lo más alto veíase su cabeza, un brote singular, admirable y verdaderamente lúcido». Al final falló el acento o el aliento y donde se anunciaba inteligencia deslumbrante surgió algo extraño que unos tomaron por un cabezón prominente y otros por un prodigio floral. 

Sobre el huevo frito

Parece una cosa tonta, pero piensa detenidamente en esto: Hagas lo que hagas, por mucho que te empeñes en desentrañar el truco, que aparezca el huevo frito con su orla blanca de puntillas es potestad del propio huevo, no depende de ti, aunque tengas la arrogancia de presentar tal eventualidad como suprema obra gastronómica y a ti mismo como maestro puntillero. Hay cosas que van por su lado, que parecen y son así de tontas. Claro que hasta de lo tonto, si es de comer, hay quien hace llamativa ciencia.

miércoles, 29 de septiembre de 2021

El desaconsejo

En un almanaque como éste, y también en cualquier escrito, un consejo de Goethe siempre cae bien porque viste miserias y le da a todo un aire de gala. Vamos, pues, a él. Al habla con su fiel colega Eckermann, el que fuera consejero áulico del duque de Weimar, tenido además entre los suyos por indiscutible príncipe de los poetas, va y nos suelta (domingo 13 de febrero de 1831) en tono evocador, como si  imaginara al propio Carlos Augusto escuchándole complacido desde la puerta: «El arte de dar consejos es muy expuesto a quiebras [..]. En el fondo, todo aquel que pide consejo acusa ya una limitación, y quien se lo da, una jactancia. No se deben dar consejos sino en aquellas cosas en que podamos colaborar. Yo, cuando me piden consejo, jamás me niego a darlo, pero impongo la condición de que no han de seguirlo». Muy agudo el desaconsejo viniendo de un perito de tanto renombre en el oficio. 

La sesera

Por un sueldo bastante menor del convenido pero razonable me puse a reflexionar para ellos. No tardé mucho en sentir cómo la insistente lija iba desbastando mis típicas ocurrencias y salidas, para el caso excrecencias inútiles y a la vista ajena molestas. Después fue el cepillo afilado el que tomó el relevo levantando finas virutas que fueron cayendo de su lado como un copioso obsequio, aunque sin demasiado orden ni concierto, sin interés. Ante el excesivo ideario, juzgado por ellos barroco y casi delirante, hubo que volver al buril para dejar las cosas un poco más claras y definir objetivos y vías posibles. Así que fui alternando las herramientas al tiempo que iba comprobando cómo cumplían calladamente con su tarea: aquí rebajaban los inventos descollantes, allá afinaban niveles para evitar baches sorprendentes y poco a poco extendían el campo de provecho lo necesario. El caso es que al final, cuando acabé mi trabajo, entregué todo lo que había proyectado en una voluminosa memoria en la que se podían ver reflejadas mis sucesivas reflexiones como en un doloroso atlas especulativo. Cuando después recibí mis honorarios, lo primero que me vino a la cabeza fue acariciármela entusiasmado con la mano y, como por inercia reflexiva, pasé a hacer con ella números. Con todos aquellos números revoloteando, empecé a sentir allí dentro un vacío que nunca antes había sentido. A base de tacto, aquella mano mía se convirtió en un explorador verdaderamente profundo. Allí ya no había abismos y depresiones, aquello había dejado de ser un lugar propenso a extravíos y locuras, todo estaba bien medido. Mientras palpaba y seguía palpando, sentía como si me encontrara frente a una prometedora extensión, perimetrada por un horizonte muy lejano. Y por mucho que rastreaba aquella superficie, no sentía bajo mis dedos nada irregular, pero tampoco nada nuevo. Me alegré, cómo no, al entender que se habían acabado los obstáculos y las dificultades, y que tampoco se avistaban razones pendientes ni nuevas intenciones. Estaba todo resuelto. Fue entonces cuando sobrevino en aquel espacio cálido y acogedor algo parecido a una violenta y heladora ráfaga, y tuve la terrible impresión de que, con todo aquel trasteo mental y por un miserable sueldo, mi sesera se había quedado prácticamente plana.

martes, 28 de septiembre de 2021

Anonymus


Anonymus, Miklós Ligeti, 1903
Castillo de Vajdahunyad, Budapest

Desconocemos el nombre del monje que, por encargo del rey Bela, escribió las primeras crónicas sobre la historia húngara, recogidas a la sazón en sus Gesta Hungarorum. El historiador ha pasado en este caso a la propia historia de las crónicas como Anonymus o Magister P y sigue especulándose sobre la identidad de este «fiel servidor» del rey Bela. Por otra parte, ni siquiera se sabe a ciencia cierta si se trata de Bela II o Bela III. A estas alturas lo único que se puede asegurar es que el manuscrito es de finales del siglo XII y que, con las licencias típicas en los cronistas de la época, combina la tradición oral con las invenciones propias del autor, por lo que podemos dejar a éste cabalgando sobre los hechos, y según convenga, como literato o como historiador.
Al margen de la identidad del cronista, merece también atención la escultura de Ligeti. Ya a primera vista, se adivina en la figura su alto rango por el porte majestuoso con que se exhibe. Añadamos a ese porte el aire relajado con que toma asiento en ese trono de mármol, relajo que parece deberse a algún receso en su intensa labor. La blancura y la sencillez geométrica del asiento hacen ver que en el rigor y la transparencia ha encontrado la anónima figura su soporte indispensable, mientras que el oscuro bronce con que está creada despliega una acabada combinación de frunces y pliegues, que apuntaría figuradamente a la complejidad y la gravedad de su escritura. Sólo hay que fijarse en cómo en la mano derecha destaca la pluma, el instrumento esencial de su oficio, mientras que bajo la derecha aparecen amontonadas las hojas sobre las que ha ido redactando su crónica. A partir de ahí, levantando el punto de mira, la estatua se torna un tanto siniestra al mostrar a un cronista encapuchado, del que se nos niega el acceso a su rostro y consiguientemente su identidad. La leyenda inferior ratifica la voluntad de honrarlo en público, pero a la vez que se le nombra Anonymus y se le aleja del conocimiento general. 
Estamos, por tanto, ante un modo, sin duda peculiar, de honrar y rendir tributo a un autor, algo que tendría el mismo sentido tanto para historiadores como para literatos. Sin embargo, por muy peculiar que parezca, este modo no está exento de virtudes. Y es que, pensándolo un poco, eso de ponernos delante una figura evocadora que ha sido sustraída a conciencia al homenaje personal hace que la evocación lleve nuestra mente en otra dirección bien distinta. Para ver hacia dónde va fijémonos, pues, un poco más en esas virtudes. Entre ellas, sería la primera y principal la de que a la noticia del autor se antepone la importancia y el relieve que merece su obra. Como segunda virtud, y no menor, podríamos considerar una que afecta a todos los autores por igual, pues la estatua exhibida pasa a dignificar y a conceder carácter magistral al oficio de escribir, evitando mediante el anonimato explícito cualquier maniobra de exaltación personal. Además, con independencia de su valor artístico, la estatua aporta cierta épica, una épica que hasta ahora parecía reservada al soldado desconocido, pero que pasa a enaltecer en este caso la sufrida figura del «escritor anónimo». 

lunes, 27 de septiembre de 2021

El fisonomista

Los sueños del fisonomista estaban poblados de caras inquietantes. Le miraban fijamente ranas enormes y sudorosas, focas bigotudas y parsimoniosas, lechuzas vigilantes y ojerosas, panteras lascivas y ansiosas, mientras a su alrededor volaban unas cuantas urracas osadas y engañosas y un montón de moscas morrudas y pegajosas. Sólo una vez distinguió entre toda aquella multitud el rostro inocente de una bella doncella. Parecía oscura y triste, y sin embargo relucía como el azabache. Iba él presto a su encuentro, a contemplarla de cerca e intentar deleitarse con aquella faz perfecta, cuando oyó el clamor acompasado de las restantes que, dirigiéndose al cercano bosque, llamaban Tarzán, Tarzán. De repente un enorme y fornido mono blanco, con cara de sátiro, salió de la espesura volando colgado de una larga liana. Delante de sus narices, tomó con decidido ademán a la doncella por el talle y se la llevó de nuevo a su guarida portándola entre sus sucias patas. Al rapto de la bella siguió el jolgorio vengativo de aquellas criaturas horrendas. Cuando con el barullo despertó el fisonomista de su sueño, seguía teniendo a todas ahí delante, pero ahora eran ellas las que lo estudiaban detenidamente. En su cara de consumado miope, tan sólo conseguían ver a un curioso más, pero, sabiéndolo además investigador y fisonomista, pasaron a considerarlo un idiota impertinente, tanto que a punto estuvieron, para que le arreglara la cara, de volver a llamar a Tarzán.

domingo, 26 de septiembre de 2021

Insomnio

Sospecho que no soy único ni siquiera original al decir que por la noche surgen en mi cabeza imágenes (a veces simples frases), que me rondan como fantasmas y con su constante revoloteo me atormentan, hasta que consigo ajustarlas y condenarlas a mirarme fijamente desde este papel.