Según el balance de una maestra fiel observadora del mundo que viene, los niños saben más marcas de móviles y automóviles que nombres de árboles. Podrá extrañar, pero la cosa tiene sencilla explicación y hasta podríamos explicarlo con sus propias y probables palabras: «A los árboles es muy divertido subirse, pero luego no se mueven, se quedan inmóviles».
domingo, 31 de octubre de 2021
El yugo
Le prometieron que tras pasar bajo el yugo sería libre. Preso de una oscura premonición cedió el turno y, cuando le salpicó la sangre, comprobó que había razón para el recelo. Con el miedo aún metido en el cuerpo, el testigo vio llegar por detrás al siguiente, ajeno al incidente pero ávido de ganarle la delantera y hacer efectiva la promesa. Aunque tenía sobradas razones para disuadirle, no sabía cómo evitar que viera en ello un afán de relegarlo. Al advertir éste, nada más llegar, las manchas de sangre de su ropa, pícaramente le aconsejó: «Mejor cura tus heridas antes de cruzar el umbral. Sólo indemne disfrutarás de verdadera libertad». Y sin volver a mirarle, creyó que aceptaba su razón como suficiente para cederle el paso. Dueño secreto de lo que le esperaba, el testigo creyó que tan desmedida presunción era bien merecedora de castigo. Le daba igual que sobre él cayera a perpetuidad el peso del yugo o repentinamente el filo de la espada. Habiendo sentencia poco le importaba su ejecución. A ella volvería a asistir como testigo, esta vez con perverso agrado. Pero lo que vio fue cómo él marchaba decidido, agachaba la cabeza y daba tres pasos para franquear el umbral. Cumplido el ritual, alzó la cabeza y se volvió risueño hacia él para despedirse. Ahora que el testigo se sabía el siguiente, pues nadie venía por detrás, le acometió una terrible desazón. No sabía qué razón esgrimir para nuevos presagios ni cómo lograr conjugar dos destinos tan dispares. Como testigo nada le cuadraba, pero lo único cierto es que ahora le llegaba inexorable su turno. Él quería ser libre, desde luego. Y se sabía indemne, al menos aparentemente. Mientras avanzaba hacia el yugo vacilante, empezó a pensar que de un modo u otro la libertad estaba donde siempre, al otro lado. Que fuera absoluta o relativa no era el mejor momento para discutirlo. Dio entonces decidido los tres pasos, completamente dispuesto a enfrentar, fuera cual fuera, su destino. Había llegado el momento de descubrirlo.
sábado, 30 de octubre de 2021
A veces pasa
Mérito tremendo: reconocí la idea al vuelo. Decepción amarga: ¿dónde quedaron mis alas? Recuerdo restante: volaba alto, quizá no era ella.
viernes, 29 de octubre de 2021
Estamos siendo blanco del ojo avizor
Cuesta poco embarcarse en un ejercicio de paranoia y cuesta menos hacer de él un auténtico viaje paranoico de ensueño. Para ello será mejor que entremos a relatar en primera persona. Me imagino el acojono que tendríamos si al ir por la calle tuviéramos permanentemente detrás a un desconocido que no se nos despegaba. No te digo nada si el mismo tipo se colaba detrás de nosotros en el portal y si encima lo teníamos de inquietante pasajero en el ascensor sin saber exactamente a qué piso iba. El asunto se pondría verdaderamente serio cuando saliera en la misma planta que nosotros y se nos colocara detrás. En ese momento no sabríamos si venía a ver al vecino, si traía algún encargo o si esperaba el momento oportuno para dar el golpe. Supongo que me entrarían temblores y que estaría casi rígido y pendiente de cualquier movimiento que se pudiera dar mientras metía la llave en la cerradura. Bueno hablo de movimiento, pero seguro que no se escaparía ni el más mínimo carraspeo o aliento, porque todo vendría hasta mí terriblemente multiplicado por la ansiedad y el miedo. Seguro que dudaría mucho a la hora de abrir la puerta, por temor a que no me diera tiempo de cerrarla antes de que el tipo se me viniera encima. Y lo peor de todo podría venir cuando, después de todas esas precauciones, entre prisas y temores, me metiera en mi casa y cerrara la puerta. Quién sabe si al darme la vuelta e intentar un suspiro de alivio, acabaría comprobando que lo tenía ahí, justo delante de mí.
Esta pesadilla del sujeto que nos acompaña de forma permanente y se inmiscuye inopinadamente en nuestra vida puede parecer fantasiosa. Como parece inspirada por alguna intriga malsana, decidimos que está lejos de nuestra situación real. Sin embargo, estoy por afirmar que no es del todo así, al menos que no es así en la mayoría de los casos. Es verdad que un tipo siniestro a nuestras espaldas se hace notar y que nunca podremos hacer como que no pasa nada si lo llevamos en todo momento detrás. La presencia física y la agresividad potencial que se le presume es lo que de verdad intimida en ese caso, por lo que es probable que una mujer no diera lugar a toda esta clase de fantasías. Sin embargo, se me ocurre otro caso, como el de la mujer casi inadvertido, que da lugar a una intromisión aparentemente atenuada, casi imperceptible, pero muy real. Supongamos que es una cámara de pequeño formato la que nos sigue sigilosa a todas partes, tres o cuatro pasos atrás, a la altura de nuestro cogote, como un moscón. Evidentemente nos molestaría, pero sin llegarnos a preocupar demasiado, puesto que no representa una amenaza evidente a nuestra integridad física. Podría estar, sin embargo, grabando toda nuestra actividad diaria, incluido lo más íntimo, sin que eso supusiera un gran incordio, sin levantar grandes recelos. Caso de tolerar todo esto sin apuro, es probable que transigiéramos con facilidad en una intromisión de orden mayor. No son la escalera de la casa, las calles de la ciudad o las afueras por el territorio abierto nuestro único lugar de paso o de exploración. Pensemos que hoy por hoy, además de por el mundo físico, nos movemos con frecuencia por otro amplísimo mundo que llamamos virtual. Puede parecer distinto pero las oportunidades de exploración son en él incluso mayores. En esos paseos no constatamos la existencia de acompañantes, no reparamos en individuos fisgones, no apreciamos cámaras vigilantes que nos sigan. Y sin embargo, es seguro que todos nuestros pasos están siendo registrados al milímetro y que nada de lo que hacemos pasa desapercibido a ese ojo avizor que nos persigue desde el otro lado de la pantalla. Curiosamente, aunque él nos percibe al detalle, a nosotros nos pasa completamente desapercibido. Es tanto lo que ese mundo nuevo nos ofrece sin intermediarios que no entramos a valorar si existe al otro lado un espectador interesado en saber de nosotros. Nos creemos así de insignificantes y, haciendo gala de humildad, nos parece que tenemos nada que temer. Es así como él, oculto detrás de esa pantalla, acaba por conocerlo todo de nosotros, hasta nuestras más penosas intimidades. Aunque sabemos que es capaz de almacenarlo todo, su falta de presencia, su invisibilidad, hace que nada lleguemos a imaginar y nada nos asuste de él. Al final somos en esto verdaderamente ingenuos. Sentimos con nitidez amenazas presenciales como el tipo de la escalera y en general todas las que susceptibles de atentar contra nuestra integridad, mientras que no llegamos a captar bien las que se ciernen sobre nuestros secretos, intrigan con nuestra imagen y pueden interferir en nuestra vida social y nuestro futuro. Aun así hay quien se refugia en ese mundo etéreo con una ingenuidad que, a estas alturas, sólo es propia de niños, como si estuviera protegido en todas sus andanzas por la ancestral y poderosa magia del ojo de Horus. No se da cuenta de que paga su ubicuidad al precio de aceptar ante ese ojo omnipresente una absoluta transparencia.
jueves, 28 de octubre de 2021
Transcripciones creativas
La web reporter.lu informaba ayer sobre las proezas académicas del primer ministro luxemburgués. Comprobado: de su tesis de master sólo 2 de las 56 páginas eran originales. Salvo unos párrafos en la introducción y una breve conclusión lo demás había sido copiado, lo que constituiría a juicio del reportero «un plagio sin paralelo en su campo», colocándolo a la cabeza de la larga lista de políticos pillados en la misma falta. Consultados los expertos académicos, una dijo: «Veo el plagio muy problemático, porque hay amplios pasajes transcritos palabra a palabra», para añadir después: «Uno no puede copiar accidentalmente varias páginas». De acuerdo. Otro, que no quiere entrar en líos, rebaja el tono y afirma benévolo que quizá lo transcrito es «demasiado extenso para ser razonable». Un tercero, casualmente director o supervisor del trabajo, intenta eludir el ridículo diciendo que los criterios eran otros antes de que aparecieran los programas de detección de plagios. Supongo que quiso decir que eran más laxos o llanamente inexistentes y que él pasaba por ahí y firmó el aval académico porque el muchacho iba para ministro. Quo usque tandem abutere patientia Luxemburgensis?
Crux
La nostalgia nos ciega la visión interior y nos embota las entendederas.
Acudimos a donde estuvimos y, como es natural, no nos encontramos. Eso con
la visión interior, pero con la exterior el tiempo tampoco es más compasivo.
Digo todo esto porque voy viendo que mi vista no es la de antes, que dejo
más de lo que debiera en la pantalla y que se me va quedando una jeta
extraña de tanto mirar sin acabar de ver. Poco ha contribuido a aclararme, y
a resolver esa compleja ecuación donde confluyen vista y mente, el libro que
he elegido para hojear esta tarde. Era un libro como de otros tiempos, claro
que cuál no lo es a estas alturas.
En concreto he cogido la Pequeña enciclopedia de Matemáticas del VEB Bibliographisches Institut, una obra excelente por otra parte. Todo ha venido a cuento del operador nabla y de su uso para expresar el gradiente, la divergencia y el rotacional, una cuestión de cálculo vectorial. No sé si me acuerdo bien de esto, me he dicho, y he salido derecho hacia la librería a por la enciclopedia para subsanar la falla, para tapar el agujero, por prurito profesional. Nada más abordar el tema me he dado cuenta, sin embargo, de que para ciertas cosas empiezo a tener la mente plana. La vista tampoco funcionaba mejor. A medida que iba hojeando la obra, las páginas llenas de figuras, gráficas y fórmulas me atosigaban, experimentaba esa sensación como de interminable resbalón por la pendiente. Me sentía como si fuera un lego en apuros ante una página de matemáticas indescifrables. Para buscar acogida he recalado en la sección de ecuaciones diferenciales y ahí he podido comprobar que de lo que un día supe y manejé con cierta solvencia quedaba ya muy poco. Aceptaba con alivio, como si fueran una obviedad, las explicaciones del texto, y me congraciaba mentalmente deteniéndome en los ejemplos y los ejercicios resueltos. Aquello me ha dado ánimos y, al venirme así arriba, he creído conveniente hacer un poco de terapia. Así que, a fin de mantener la mente a punto y en su estado juvenil, me he preguntado si no sería bueno probar suerte con algún problema de fuste, como para recuperar el nivel. Es así como he aterrizado en la web de la revista canadiense Crux Mathematicorum. No era desde luego la primera vez, pero probablemente hoy la ilusión me ha jugado una mala pasada y he tenido un exceso de confianza. La Crux ofrece en cada número una colección de problemas «elementales» bastante jugosos. He ido revisando los de una lista de uno de sus números hasta encontrar el que parecía más de mi gusto y aparentemente de mi medida. Lo he intentado, pero después de un buen rato he empezado a comprender que estaba bastante perdido. Había pedido lo que podríamos llamar el «punto», esa intuición que te permite ir derecho al meollo del problema. Como digo, las tentativas han sido múltiples, por lo que la sensación final de revolcón ha sido considerable. Para colmo he ido a la solución que se presenta en un número posterior de la revista y ahí, viendo el verdadero nivel del reto, me he sentido profundamente humillado. Bueno, a pesar de todo lo seguiré intentando. Dicen los especialistas que estos revolcones son buenos, que ayudan a conservar el nivel cognitivo y son mano de santo de cara a refrescar y oxigenar las neuronas. Será, pero de momento mañana será otro día... En fin, todo ha sido un poco cruel. Me siento verdaderamente crucificado y lo peor es que he elegido mi propia cruz.
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En concreto he cogido la Pequeña enciclopedia de Matemáticas del VEB Bibliographisches Institut, una obra excelente por otra parte. Todo ha venido a cuento del operador nabla y de su uso para expresar el gradiente, la divergencia y el rotacional, una cuestión de cálculo vectorial. No sé si me acuerdo bien de esto, me he dicho, y he salido derecho hacia la librería a por la enciclopedia para subsanar la falla, para tapar el agujero, por prurito profesional. Nada más abordar el tema me he dado cuenta, sin embargo, de que para ciertas cosas empiezo a tener la mente plana. La vista tampoco funcionaba mejor. A medida que iba hojeando la obra, las páginas llenas de figuras, gráficas y fórmulas me atosigaban, experimentaba esa sensación como de interminable resbalón por la pendiente. Me sentía como si fuera un lego en apuros ante una página de matemáticas indescifrables. Para buscar acogida he recalado en la sección de ecuaciones diferenciales y ahí he podido comprobar que de lo que un día supe y manejé con cierta solvencia quedaba ya muy poco. Aceptaba con alivio, como si fueran una obviedad, las explicaciones del texto, y me congraciaba mentalmente deteniéndome en los ejemplos y los ejercicios resueltos. Aquello me ha dado ánimos y, al venirme así arriba, he creído conveniente hacer un poco de terapia. Así que, a fin de mantener la mente a punto y en su estado juvenil, me he preguntado si no sería bueno probar suerte con algún problema de fuste, como para recuperar el nivel. Es así como he aterrizado en la web de la revista canadiense Crux Mathematicorum. No era desde luego la primera vez, pero probablemente hoy la ilusión me ha jugado una mala pasada y he tenido un exceso de confianza. La Crux ofrece en cada número una colección de problemas «elementales» bastante jugosos. He ido revisando los de una lista de uno de sus números hasta encontrar el que parecía más de mi gusto y aparentemente de mi medida. Lo he intentado, pero después de un buen rato he empezado a comprender que estaba bastante perdido. Había pedido lo que podríamos llamar el «punto», esa intuición que te permite ir derecho al meollo del problema. Como digo, las tentativas han sido múltiples, por lo que la sensación final de revolcón ha sido considerable. Para colmo he ido a la solución que se presenta en un número posterior de la revista y ahí, viendo el verdadero nivel del reto, me he sentido profundamente humillado. Bueno, a pesar de todo lo seguiré intentando. Dicen los especialistas que estos revolcones son buenos, que ayudan a conservar el nivel cognitivo y son mano de santo de cara a refrescar y oxigenar las neuronas. Será, pero de momento mañana será otro día... En fin, todo ha sido un poco cruel. Me siento verdaderamente crucificado y lo peor es que he elegido mi propia cruz.
martes, 26 de octubre de 2021
Noche y día
Días anodinos desembocan en noches radiantes. Llegan los espectadores. Unos contemplan estremecidos el ritmo al que la vida se consume, otros saludan maravillados el milagroso espectáculo de la creación.
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