viernes, 31 de diciembre de 2021

La dicha permanente

La dicha apenas se disfruta, el verdaderamente dichoso es el que sabe soportar su desdicha.

El arte de ahuecarse

Cuando quien habla trata de engalanar su discurso con el fin de seducir a su público, echa mano de los más diversos recursos. La mayoría son de todos conocidos. Está el uso de un léxico extremadamente técnico o simplemente raro, por ejemplo, que tiene un efecto intrigante pues dota al hablante de repentina autoridad y en muchos casos hasta lo subyuga. Puede también salirse de lo común combinando el encendido énfasis con pausas prolongadas, maniobras que dejan al oyente en ansiosa espera. Aunque las palabras provocan de este modo conmoción, no se puede asegurar su efecto positivo, pues tan pronto puede uno ganarse al oyente como aburrirlo y verse enfrentado a su rechazo. Otra posibilidad es trabar las palabras y formar frases breves y contundentes. Ahí el asombro puede ser aún más efectivo, ya que no hace falta que el dicho resulte trascendente y traslade algún principio moral o que nos inculque una regla práctica para nuestro día a día. A veces basta con que el dicho sea sonoro. Luego, una vez redicho, puede que suene a hueco, pero para entonces ya ha ganado terreno y cosechado la aprobación de los más simples. Porque siempre hay quienes se aprestan a celebrar estas sentencias sin acabar de entenderlas, por más que haya otros que en silencio las rumian durante un rato para finalmente decidir que son absurdas e indigestas. Se cuidarán, no obstante, de declararlas en público como tales, pues durante un buen rato resonarán en sus oídos los aplausos fáciles de la mayoría, puede que a hueco, pero resonarán.
Se entra en un nivel superior con un público más exigente si se crean imágenes. Las imágenes poéticas tienen un venero inagotable en la contemplación de la naturaleza, pero no están al alcance de cualquiera. Afortunadamente, hay otras muchas imágenes, meramente formales, que no requieren de demasiado contacto con el exterior. En este sentido la esgrima gramatical y los juegos de doble sentido suelen ser bastante efectistas a la hora de hacer frases. Si tirando por la primera vía se pone uno a explotar la lógica, siempre puede contar con el efecto sorprendente de las tautologías, que además no comprometen ningún significado. De éstas se puede sacar provecho, eso siempre que a uno no le asuste demasiado ahogar la lógica en la nada y presentarla sin cobertura, en sus mondos huesos. Decir «yo soy el que soy» intriga más de lo que asusta, pero lo seguro es que quien lo dice gana cierto lustre como pensador profundo. Otras frases, sin embargo, dejan a su paso desconcierto, sobre todo porque quien las pronuncia quiere con ellas de algún modo definirse y quien las escucha no acaba de verlo. Hoy mismo oía en la radio a uno decir «quien me busca me encuentra» y lo primero que se me ha ocurrido es que el tipo no debe ser transparente, pero a partir de ahí no he sentido ninguna necesidad de buscarle. De la misma condición son expresiones de confirmación exhibicionista, pero carentes de cualquier interés para quien las oye. «A mí me debo» decía otro como para dejar fuera de juego a los demás y poner de relieve un deber bien sencillo y poco exigente, justo el que, quieras que no, tenemos con nosotros mismos. Desde la estupidez bien se puede hacer sin gran esfuerzo pedagogía perversa: «Olvida lo que tienes y piensa en lo que no tienes». Ojo con la mirada ajena, no vayan a sacarnos de dentro al monstruo: «Si me miras, no me digas a quién ves; si no me miras, cuídate porque yo te miraré». Otras más: «Aquí tienes a un devoto de la locura», suelta el cuerdo para absolverse. Junto a éstas, hay un sinfín de expresiones enrevesadas que se caracterizan por no ir a ninguna parte, o sea prescindibles. Atención a este quiasmo: «Si el que quiere puede, una vez que pueda querrá más». Presto ahí el oído para ver cómo suena y la verdad es que no llego a adivinar dónde estallan esa clase de cargas de pretendida profundidad.

jueves, 30 de diciembre de 2021

No me basta un número

La verdad oficial suele venir refrendada por algún número (índice de precios, cantidad de parados, longevidad media, delitos anuales, etc.) cuya pretensión es marcar la actualidad y servir además de escudo frente a los pesimistas o reticentes, quienes a renglón seguido son tachados de malpensados. En nuestra memoria nos sobran casos, no obstante, como para dudar de que un solo número garantice la verdad, más cuando éste es emitido por un organismo oficial. El método, pretendidamente inapelable, busca el encantamiento general gracias a la magia hipnótica de los números. Hemos visto cómo, en cuanto se desata uno de esos frecuentes temporales mediáticos en torno a un acontecimiento de gran impacto social, la autoridad emisora desgrana un rosario informativo-numérico que tiene más de rogativa para ahuyentar males mayores que de reflejo fiel de los hechos. Se intuye que su interés en retratar las cosas ha pasado a último término y que los números exhibidos son mera pantalla a fin de darle un asequible tono rosa a lo que sucede. De hecho, difícilmente un número puede sintetizar la gravedad o levedad de una crisis. Resignémonos, la realidad nunca va a quedar perfilada mediante un conjunto de parámetros. Los modelos presentan un sesgo inconfundible que apunta a quien los ha creado. Deberíamos convencernos de que, incluso una primera descripción de los hechos, no digo ya la síntesis de una situación, precisa de algo más que números y de que, aunque se dé por supuesto, no debe faltar en ella un telón de fondo que los concrete frente al pasado. El ajuste paramétrico no es sino un enfoque, en el mejor de los casos es un modo de mirar, a menudo marcado por la intención y desde luego no siempre perspicaz. Nunca un número será la síntesis de nada. La síntesis es un complejo proceso que obliga a abarcar una totalidad. Normalmente esa unidad de conjunto parte de hipótesis tácitas relacionadas con el alcance de nuestra vista y con la definición de un posible horizonte hacia el que deseamos progresar. Frente a todo esto, la foto que ofrece la autoridad con su número es una instantánea casi siempre borrosa cuyo contorno final queda a cargo de artistas de la estadística que, a base de maquillaje, dan a la imagen visos de rotunda verdad. Con ese flamante atuendo numérico se hace aparecer la verdad oficial, dotada de un aire tan persuasivo y perentorio que da motivos para que muchos pensemos que detrás de lo que se muestra quizá no haya carne y hueso sino una simple ilusión visual. Todo esto viene a ser como mirar al cielo y creer que, por haber aprendido a seguir oficialmente las trayectorias visibles y tener un calendario con números, ya hemos atrapado en el firmamento hasta la última verdad.

miércoles, 29 de diciembre de 2021

Llevamos marca de origen

Empeño imposible, dejar de ser de donde uno es. La renuncia puede ser pública, muy sonada y cargada de solemnidad, como quien abjura. Pero los recuerdos no pueden ser guardados y encerrados; imposible que quepan en una caja, nadie puede enterrarlos antes de tiempo en un ataúd. Puede uno cambiar de lengua, de costumbres, de ideas; por poder puede también cambiar de piel, de cara o de fisonomía. Cabe incluso una solución más radical, esa que se da cuando intenta uno renacer como otro, de otro lugar, de otra tierra remota y pasa a ser adoptado por una urbe anónima donde alivia pesares y la vida es más sencilla. Al final, sin embargo, un simple detalle, una elección nimia, un gesto impensado delata esa raíz lejana que celosamente ocultaba y cubre en un solo instante esa distancia que con tanto esfuerzo agrandó, mostrándolo ante todos, para su sorpresa, como el personaje genuino, el lugareño insospechado, el tipo auténtico que nunca quiso ser.

martes, 28 de diciembre de 2021

Ser, creer ser y poder ser

La primera forma de llegar a conocer lo que uno es (no digo tanto como identificar qué es) es ir sondeando lo que cree que es. El elevado o bajo concepto que uno tiene de sí mismo sirve de punto de partida a la hora de estimar posibilidades, imaginar acciones y establecer planes que lo definan. El éxito o fracaso que ahí se cosecha contribuye a alimentar nuevas creencias sobre uno mismo. Insistiendo en ese proceso, se suceden distintas formas de creer lo que uno es, formas que se van echando en una mochila que cargamos sobre nuestros hombros y que con el tiempo empieza a pesar. Tanta es la carga de hecho que no le permite a uno apreciar bien la creencia fundamental, la que sirve a todo esto de sostén y que a duras penas ve. Por fin la crisis se desata y uno pasa a creer lo que no acertaba a ver: que no está en condiciones de determinar mínimamente quién es. Tras esa conmoción, en la que pierde uno toda referencia a su forma original de ser, empieza a convencerse, abrumado por el enorme cúmulo de creencias que arrastra, de que realmente es quien, de un modo u otro, cree que es. Si en algunos casos esta creencia final desemboca con aires solemnes en una profunda megalomanía, en otros, quizá en la mayoría, da lugar a una manía de signo contrario. De tanto creer que está uno ante la auténtica versión de sí mismo, el edificio bajo el que uno mantenía su historial parece innecesario y, bajo el peso de tanta creencia dudosa, se hunde. Defraudado ante tanto intento fallido por conocerse, sin creer en sí mismo, uno pasa a retraerse, a mantenerse reservado. Su propio instinto de conservación lo lleva limitar, a reducir al mínimo su espacio de actuación. Su preocupación ya no es actuar sino ser uno mismo. Una vez arrumbado su crédito e  instalado en los escombros, ese descreimiento creciente funciona a la manera de una poda que va mutilando sin compasión el desarrollo de nuevas ramas. Llega así el momento en que, absolutamente descreído, uno ya «no se ve» actuando en ciertos espacios ni ejerciendo un papel en el que encuentra difícil reconocerse. De algún modo todas estas creencias negativas le imponen a uno un marco vital en el que el juego, además de restringido, resulta repetitivo, casi asfixiante. Así, el mundo propio va mermando constantemente, lo que deja al actor, o sea a uno, a la defensiva. Poco a poco corta los contactos a través de los cuales hilaba nuevas creencias, mientras incuba la idea de que no le merece la pena ir más allá. Bajo el peso de tanta falsa imagen de sí mismo, está convencido de que «uno sólo puede ser lo que es». Para su desgracia, «lo que es» no difiere ya en nada de la peor versión que de sí mismo quiso creer. En definitiva, a ojos del minimalista deprimido en que se ha convertido su penosa creencia en sí mismo no sólo define injustamente lo que es sino que arruina irremisiblemente lo que podría ser.

lunes, 27 de diciembre de 2021

Deuda de luz

—Te haré venir de la nada y verás entonces llegar tu día.
—No te conozco. ¿Quién eres tú? ¿qué favores me prometes?
—Nada tangible te prometo, tan sólo te haré llegar la luz.
—Ya. ¿Y de quién seré luego deudor, del sol o de la luna?

domingo, 26 de diciembre de 2021

Otra vez con el sexto sentido

Hace no mucho trataba de identificar y poner de relieve sentidos que permanecen inéditos en nuestro interior, esos que no radican en ningún órgano en contacto con el exterior. Se me ocurrió entonces que la intuición era un firme candidato al disputado puesto de sexto sentido. Hoy me viene a la mente otro poco reconocido, aunque bastante difundido, aunque con desigual suerte. Éste del que hablo consigue iluminar como ningún otro nuestros pasos. No me parece que aporte mayor certeza a los mismos, pero sí que los dota de cierta claridad; no lo veo como la antorcha que guía nuestro camino, pero al menos le imprime un tono algo alegre; tampoco creo que sirva para conocer más mundo, pero estoy seguro de que ayuda a enfrentarse con ventaja a él. Es por esto por lo que he decidido presentar como firme candidato a sexto sentido al inefable sentido del humor.