lunes, 31 de enero de 2022

Un solo ojo, uno incisivo

Con los años crees haber desarrollado un ojo clínico que te permite describir rasgos del carácter de un recién conocido como si diagnosticaras daños en un enfermo. Pues, bien, créeme, tu ojo no es tan experto como piensas, es menos perspicaz y flexible de lo que debería y, a partir de cierta edad, suele reconocer mal la intención, y hasta el contorno, de quien a ti se acerca. Lo has acostumbrado a alertar y siembra peligros que nunca maduran, pero que te dejan el cuerpo en prevención permanente, rígido como una estaca. Encima te crees autorizado a dar en esto consejos y con gran suficiencia te prodigas rematándolos siempre con el mismo lema: «hay que verlas venir, antes de que las desgracias sucedan». A estas alturas, si te las dieras de vidente o brujo, podría pasar, pero lo malo de todo esto es que con ese ojo ciego te crees sabio incorregible y eso tiene siempre problemático recorrido y un final sumamente triste.

domingo, 30 de enero de 2022

¿Puede la ciencia con el dictado délfico?

De seguirle a él, podríamos decir que uno se conoce a sí mismo en la medida en que la naturaleza se le revela. Sin el exterior nunca podría haber un interior. Somos, pues, en tanto que somos órganos que vigilan permanentemente esa frontera. Ese él del que hablo es, en este caso, Goethe. Para él, vivir es albergar un impulso vital que nos obliga, cuando queremos reconocernos, a mirar en la naturaleza. Coincide históricamente esta proclama con la dominación del mundo, con ese afán decimonónico de apropiarse, por medio de la ciencia, de las claves de la naturaleza entera para rendirla a nuestros pies. Al final éste sería un objetivo implícito del romanticismo que se haría aún más explícito con la llegada del positivismo y que condujo a un paroxismo nihilista justo antes de la hecatombe bélica con la que se iniciaría el siglo XX. Seguramente la mecha se encendió mucho antes y un indicio pudo ser el rechazo al dictado délfico. Goethe lo expresaba en los siguientes términos: «Siempre tuve por sospechoso ese magro y altisonante deber —"¡conócete a ti mismo!"— que se me antojaba una argucia de los sacerdotes secretamente coligados para marear a los hombres exigiéndoles cosas inasequibles y apartándolos de toda actividad dirigida hacia el mundo exterior, conduciéndolos a una falaz contemplación interna. El hombre sólo se conoce a sí mismo en cuanto conoce al mundo que sólo en sí mismo percibe, de igual suerte que sólo en él se percibe a sí mismo. Todo nuevo objeto, bien contemplado, inicia en nosotros un órgano nuevo»

sábado, 29 de enero de 2022

Botarate intrigante

—Te lo aclaro: además de acosador, eres un botarate intrigante— me soltó de golpe. Y se quedó tan fresco.
Recibida la aclaración, me propuse, sin demasiado entusiasmo, dejar de serlo. Todo para reconducirme, para regenerarme, para mejorarme. Como no quedaba bien ser un intrigante, me puse manos a la obra. La cosa tenía en principio fácil remedio: evitar entrar en intrigas. Para ello había que prescindir de los objetivos más sencillos, de esa gente que se nos pone a tiro y parece estar invitándote a enredarla sin mediar esfuerzo, sin que se dé cuenta. Evidentemente eso supondría renunciar a ese tremendo disfrute en el que se mezclan a partes iguales la confusión ajena con la atenta observación de su marcha errática, siempre desde arriba, en franca ventaja. Sopesando el sacrificio que eso acarreaba, juzgué con buen criterio que realmente no había necesidad de ello. De modo que seguiría con las intrigas, pero disimulando, para evitar quedar a ojos de la gente timorata como un intrigante. Eso tiene su mérito, porque caminar por esa delgada línea requiere mucho tiento. Cualquier tonto te puede hacer caer en la trampa: te interesas por su tontera, entras en sus bromas tontas y al final te rindes en cuanto haces unas risillas floja. Luego, para cuando te das cuenta, te ha calado el flanco débil, te ha hablado perrerías de este y el otro, te ha propuesto un negocio fácil para ponerlos en su sitio y un método infalible de salvar su vigilancia. Ahí debería uno ser lo suficientemente astuto en vez de presumir de intrigante. 
A efectos posteriores, siempre he creído que debería considerar estas intrigas ajenas como auténticas contraintrigas. Porque lo gordo del caso es que esas maniobras podrían dejarme pronto al descubierto y reportar pruebas suficientes como para ser condenado por intrigante y también por cándido. Llegar a la candidez resultaría bastante dramático, un consumado desprestigio que complicaría lo de seguir montando los divertidos tejemanejes personales a los que estaba tan acostumbrado. La facultad de maquinar comporta también el gobierno de la máquina y esa máquina es demasiado valiosa como para dejarla abandonada como un trasto viejo. Hasta ahora creía haberla mantenido bien engrasada, operativa. Con ella creaba de la nada situaciones comprometidas para toda esa gentecilla, disfrutaba con mi papel de quisquilloso y malmetía en cualquier tema con habilidad. Hasta ahora la máquina siempre me había respondido y pensaba que estaba en perfecto estado de funcionamiento. Quizá a veces se dejara oír un poco y, si se le apuraba, se le oía chirriar más de la cuenta. Digo yo que habrán sido justo esos ruidos los que me han delatado ante ese airado acusador. Pero claro, también yo podría a mi vez replicar algo a ese insolente tono suyo de falsa condescendencia. Al final, ¿no es ése también un modo de intrigar? Porque, a ver, qué es lo que de verdad se pretende aclarar con ese pescozón al cuello. Eso no es aclarar eso es claramente agredir. Digamos la verdad: puede que calificarme de intrigante no sea gratuito ni falso, pero sí que es es agresivo. Así que dejémonos de socarronería, de broma, de picardía, porque estamos aquí frente a acusaciones. Acusaciones serias, porque no se ha quedado él en «pareces tal o cual», más bien se ha decidido que «eres tal y punto». Es evidente, pues, que no me quiere ni mejorado ni corregido, simplemente no me acepta y lo que de hecho declara es que esa es mi naturaleza, montándome un juicio sumarísimo que sólo busca desmerecerme ante todos. 
Todo esto a cuenta de lo de intrigante y sin entrar en la calificación principal, en la parte más grave de su aclaración. Nada menos que acosador. Si en el caso anterior, en lo de intrigante, veía algún modo de librarme —cierto que a costa de grandes sacrificios—, esta otra me parece más difícil de soslayar. Cómo decirlo, es parte esencial de mi carácter esa manera jocunda de escarnecer sin reservarme aquellas bromas con las que vejar a la víctima a discreción. Ya sé que quedo así como un agente provocador, como un peón poco fiable en el tablero, como el verdugo tontorrón, pero tampoco me importa demasiado. Quienes me quieran utilizar para propinar un escarmiento, mejor si es al indefenso, o para dejar a alguien en ridículo, tendrán que prometerme una buena oferta. Al final es cuestión de dinero, pero también de eficacia: estás en esto para que el golpe a dar sea efectivo, no para divertirte. A mí ser acosador porque sí, como un vulgar atolondrado que sale a por el otro a tontas y a locas, no me cuadra del todo. Cuando acosas, puedes ser botarate, pero tienes que saber planificar. Un estudio de la víctima, por ejemplo, nunca está de más. Sobre todo porque hay gente bastante reactiva que te puede dar una sorpresa, porque no es exactamente lo que esperabas o porque carece de un grado de tolerancia normal. Y es que te encuentras fácilmente con gente que no es normal, vamos. Tú les sales al paso y, en cuanto te ven, ellos ya empiezan a intrigar y a preparar su respuesta. Se les reconoce fácil, son esos intrigantes que te insultan a las primeras de cambio, en cuanto les pillas su torcido juego. Dicen que se defienden, pero si te descuidas te enganchan y te complican el día con su intriga. O te salen con que eres tú precisamente el botarate intrigante. Y cuando te decides a repartir un par de tortas, más que nada para controlar la situación, te vienen con que eres un acosador.

viernes, 28 de enero de 2022

Enfrentados a la oscuridad

La oscuridad, como metáfora, parece sumirnos en lo incierto y acaba siempre asociada al mal. Sabemos, por otro lado, que el mal representa el polo negativo en el campo moral. Quien habla en términos de luz y oscuridad no creo que pretenda elevar el tono poético, diría más bien que busca eludir una discusión de trasfondo moral. De este modo retrocede al conflicto propiamente físico, a la oposición mítica que está en el origen de todas las leyes morales. Lo que sorprende ver es que ese recurso metafórico goza de actualidad y se presenta con frecuencia en los medios, particularmente en los audiovisuales, donde adquiere, a través de las imágenes, una significación más clara que en los textos. No hay que irse a El señor de los anillos (novela y película) para confirmar todo esto, lo podemos comprobar en el género negro, cuyas escenas más turbias, tantas veces  protagonizadas por psicópatas de mente indescifrable, muestran cómo siempre hay un universo oscuro que sobrevive oculto frente a la arrogancia de la luz. 
A tenor de esto, la pregunta que cabe hacerse es la que escuchaba ayer en una serie televisiva danesa, The Investigation. Se parte ahí del hallazgo de un submarino hundido y de la desaparición de una periodista que fue invitada por su constructor, poco antes del hundimiento, a navegar en él. Todo gira en torno a las enormes dificultades para demostrar que hubo un crimen. Después de muchos avatares, justo antes de formular la acusación de asesinato ante la prensa, el investigador hace notar al fiscal instructor la paradoja de que, pese a que de año en año los crímenes en Dinamarca disminuyen, atraen cada vez más al público. Éste responde a esa paradoja dándole un giro sentenciero: «cuanto más civilizados somos más necesitamos mirar a la oscuridad». Esta aparición de la oscuridad como territorio en que anidan pulsiones criminales y devoradoras va más allá de la metáfora, es el velo tras el que se oculta un mundo muy real, que imaginamos invertido en negativo, pero que sirve de imprescindible contraste para que podamos hablar del nuestro como de un mundo normal. La serie acaba con una exhortación de la madre de la asesinada a un grupo de jóvenes en un tono ya inequívocamente moral: «Apartaos de la oscuridad, buscad la luz».

jueves, 27 de enero de 2022

De un tirón

¿Qué puedo decir, cuando ni siquiera sé cómo llegar a escribirlo? ¿Qué hago ahora diciendo que al tirar del hilo llegará hasta mí rodando mansamente un prometedor ovillo? Eso sería mucho decir y, además, hace mucho que está dicho. Y por muchos, pues muchos han sido, sí, los que han tirado, y muchas veces además, de ese hilo con el que ahora vengo yo a insistir. Debe ser porque creo que me puede bastar con tirar de un hilo para poder decir algo y abundar después en lo que digo. Por eso sigo aquí a la espera, insistiendo, porque confío en que, si no llego finalmente a dar con la palabra justa, en algún otro lugar encontraré esa fuente de la que todo lo efable mana. La sorpresa llega cuando, al tirar de ese delicado hilo, que un día fue vellón, aparece la oveja envuelta en espesa lana paciendo mansamente en el prado. Seguro que si vuelvo a tirar algo escucharé, aunque sólo sea dentro de mí, quizá sea un balido en vez de hacer sonar, para que todos sepan lo que digo, la campana. O sea que el juego de perseguir palabras me obliga a apostar por el balido de la oveja o por el tañido de la campana. De más está decir que no me gustaría recibir de la oveja semejante burla, que sería tanto como desautorizar mi escritura y dejar en claro que no tengo realmente nada que decir. Así que prefiero obviamente que suene la campana, que es un modo de poner a disposición de todos música llana, sin ecos ni figuras, sin retintines ni filigranas. No aspiro, tirando del hilo en este caso, a recorrer de arriba a abajo la escala, pues bien sé que de ahí sólo voy a obtener ritmos rudimentarios, músicas vulgares. Y eso siempre y cuando ese hilo tenso se vaya convirtiendo en un cordón robusto, porque cabe también la posibilidad, y sería una pena, de que, sin más ni más, se rompa. Digo pena porque con esa rotura yo me quedaría prácticamente mudo, con la misma sensación amarga que si hubiera perdido entre mis cuerdas vocales la única que realmente valía, la que sonaba mejor, la que arrancaba de mi interior los sonidos más profundos. Soy consciente de que sacándolos así, a golpes, nunca conseguiré hacer fluir mi música mental, lo que en el fondo pienso, de manera tersa, agradable y continua. Saliendo a trompicones, la verdad musical, esa verdad que toda música encierra, deja de ser compacta y unitaria para devenir discreta, fragmentada y a veces hasta dispersa. Eso hace que no pueda ser vista como un ejercicio acompasado y gratuito sino que se suceda como una serie de golpes de efecto. Al final la tinta y las melodías requieren sobre todo de eso, de continuidad. Y a mí ahora, aunque tengo en mi mano el hilo, me falta esa magia del continuo, es como si se hubiera perdido. Al otro lado del hilo me queda, bien es verdad, la campana. Cuando la taño en mi intento obstinado de solicitar la palabra precisa, de dentro me van llegando voces, o demasiado agudas o demasiado oscuras, pero nunca melodiosas, si digo la verdad. Las primeras resuenan en mí como gritos de alarma, las segundas parecen susurrarme graves y tajantes sentencias. Al final es inútil seguir por ahí. Todos sabemos que la palabra entre gritos ahogados no prospera y que tampoco cabe esperar mucho de material tan crudo como una sentencia. Los gritos alborotan y disparan emociones que confunden la verdadera música; las sentencias, dictadas por escrito, pueden atropellar y desgraciar a cualquiera que las lea. Tanto unos como otras son un peligro real y no deberían las voces que los alientan acabar circulando libremente por ahí. Como vemos, pues, algo tan simple como tirar del hilo puede traer consecuencias poco controlables. Aunque normalmente no llegas a conseguir con ello nada reseñable, corres el riesgo de poner en marcha palabrería vana, que aun pareciendo divertida resulta demasiado absurda como para dejarla ir sin caer uno mismo con ella en tremendo ridículo. Por fortuna, es más frecuente que tirando del hilo no vayas a parar a ningún ovillo ni te aparezcan ovejas, tampoco toparás con la campana ni dictarás ninguna sentencia. Lo más probable, y en ello encontramos además gran beneficio, es que tirar del hilo en busca de palabras acabe siendo, una vez sentado uno en su particular sitial, un ejercicio mental tan higiénico como tirar de la cadena.

miércoles, 26 de enero de 2022

Lo que sabemos de la caída

—Sabemos que caemos cuando ya no sentimos vértigo alguno, sabemos que el espacio nos rehuye a medida que caemos, sabemos que la caída puede ser interminable una vez confundidos los sentidos, sabemos que nada termina de hecho mientras seamos en nuestra caída libres.
—¡Qué clase de coña es ésta! Lo que sabemos, lo que no sabemos... ¿libres, dices, antes de ver las estrellas? Tírate de una vez, si quieres, pero sin discursos.

martes, 25 de enero de 2022

Ojo con las estrellas

Desconfía de esas estrellas que se aúpan entre aires fatuos, incapaces de mostrar luz propia, nativas todas de la humilde tierra.