miércoles, 7 de julio de 2021

Somos ave imposible

Valle de Tempe, río Peneo y monte Olimpo (Grabado)
Abraham Ortelius, Theatri Orbis Terrarum Parergon, Antwerp, 1590

Hay que tener arrogancia para colocarse a la altura de los dioses del Olimpo y disputarles desde otro punto la visión de su valle favorito, el mismo que ellos desde siempre custodian. Muy altivos tienen que ser unos ojos para enfrentarse a los olímpicos y poner además en evidencia y humana perspectiva su nebulosa montaña. Fuera o no el propio Abraham Ortelius el que dibujó el grabado, está incluido éste en una de sus obras, razón por laque  le es atribuido. Comparándola con las que ofrecen las fotos aéreas, la panorámica muestra una geografía mucho más bravía y llega a exhibir un carácter verdaderamente montaraz, casi insolente. Con ella se viene a proclamar, por un lado, que esa montaña olímpica de la que parten rayos y tormentas, feudo privilegiado de Zeus y los suyos, debería ser para el humano un reducto inexpugnable. Pero, por otro lado, el propio Ortelius no duda al mismo tiempo en rebajar todo ese empíreo entorno para llevarlo a un plano rastrero. Su panorámica tiene, pues, algo de blasfemia. 
En el fondo todos soñamos alguna vez con mirar a los dioses y su mundo a la manera de Ortelius. Ni siquiera los vuelos en globo, en avión o en astronave han logrado desalojar de nuestros sueños los paseos levitantes. Debe haber algo profundamente anclado en nuestra conciencia, una melancolía quizá, que nos maltrata y achica por no ser capaces de ver en su integridad, a vuelo de pájaro, ese mundo que es también el nuestro. Imposible dominar, nos decimos, lo que nunca se llega a ver. Para nosotros la inmensidad arranca en la costa, cuando lanzamos nuestra mirada por el mar en busca de otras tierras, de más realidad, y al fondo distinguimos la escueta y simbólica línea del horizonte. Ahí es cuando nos invade el sentimiento de que en esa línea incierta todo se acaba. Buscamos entonces otra perspectiva y creemos haber logrado una visión definitiva cuando nos encumbramos y contemplamos el paisaje desde una terraza cimera. Sin embargo, ahí es el propio esfuerzo de subida el que delata nuestro invento y nos enseña que no estamos volando sino que seguimos aferrados a tierra. Bien es verdad que, situados en ese punto, poco cuesta imaginar que desde un poco más arriba todo podría resultar diferente. Para ello no tenemos más que seguir al ave que despega de nuestro lado y al poco tiempo planea llevada a lo alto en espiral. La envidia nos gana cuando la vemos dejándose ir a merced de amables corrientes y sorteando las temibles turbulencias. Y es que a eso es justo a lo que aspiramos, a levitar silenciosamente, sin máquinas ni aspavientos, como una más entre las aves.

martes, 6 de julio de 2021

Preguntas frontales

¿Dónde lo aprendiste? ¿Quién te lo enseñó? Son dos preguntas que, alejadas de contenido concreto, suenan a reproche moral y sirven de puerta de entrada a una amonestación en toda regla. Le suele seguir un afirmación de dudosa confirmación: «No es ése el ejemplo que te hemos dado en esta casa». La casa que aquí se cita bien puede ser la familia, el colegio o el convento, pero se presenta en cualquier caso como si hubiera debido servir de matriz moral y como garantía de una futura conducta intachable. El punto flaco de todo esto está en lo del ejemplo. Sin duda allí, en aquella casa, se nos dio ejemplo, o mejor se nos ofrecieron ejemplos Por desgracia, tuvimos que aprender de todos ellos. Y lo que aprendimos, a la fuerza casi siempre, fue que no todo lo que se nos  ofrecía era digno y que no servían para enseñar nada. En todo caso no sirvieron para enseñarnos nada bueno. Como a mí, a muchos no nos intrigan especialmente esas preguntas. Sospechamos de la autoridad de quienes las hacen. Habría que hablar antes de todo lo que «aprendimos» entre conductas muy poco ejemplares de «enseñantes» a los que sería mejor no señalar.

domingo, 4 de julio de 2021

De colisiones y palabras

La colisión de un sustantivo con un calificativo desacostumbrado o casual, que inesperadamente viene a la cabeza, tiene algo de accidente lingüístico. Como consecuencia, la vía común, la que lleva a darle algún sentido a la expresión resultante, queda bloqueada. Se sabe que esto tiene un efecto provocativo en quien la escucha o lee. En el mejor de los casos surge una imagen literaria nueva que posteriormente hará mayor o menor fortuna en función de la acogida que encuentre entre escritores y hablantes. La mayoría de esas imágenes no tienen relieve poético, pues para ello no basta con que tenga buena acogida sino que encuentre feliz sintonía. Tampoco basta con la sensibilidad común, porque esa sintonía sólo se da con lectores propensos a captar significaciones novedosas. De hecho esa capacidad depende casi siempre de factores alejados del tono argumental. Hay gente que adivina significado en la musicalidad de la expresión; otros intuyen en ella un mensaje debido a su oportunidad. Por su parte, los menos dotados para estas tareas, por mucho que a veces se las den de eruditos, se deben conformar con buscarle a la expresión profundidad, como si tuvieran entre manos un nuevo concepto. De hecho, aunque las imágenes lingüísticas tengan importante carga metafórica, pueden ser sumamente útiles al ser trasladadas al discurso argumental. No pocas veces resultan ahí explosivas, tras introducir nuevos conceptos y abrir con ellos nuevas vías. El hecho de que no parezcan musicales o premonitorias no les niega a esas expresiones su efecto radiante. Promueven imágenes que no alteran la sensibilidad pero sí remueven el intelecto. Y del intelecto parte un intento, muchas veces productivo, de traerlas a mandamiento y engranarlas en algún discurso científico, filosófico o al menos convencional.
Puede que convengan ahora algunos ejemplos de estas colisiones. Los tengo bien a mano, porque nadie debería pensar que esto ha salido de la nada. Podría empezar por la expresión que ha dado pie a toda esta reflexión. Ha sido en un titular de prensa donde me he encontrado con la sopresa de un «ayuno financiero». Ahí mi primera intención ha sido interpretarla y no digo entenderla para no quedar por más obtuso de lo que soy. Pero la primera dificultad que he visto es que no sabía si hacer recaer el peso sobre las finanzas o si todo era una cuestión de dieta. Todo se hubiera podido arreglar continuando la lectura, es verdad. Claro que eso vendría a decir que la expresión de marras actuaba como mero reclamo, como un sinsentido provocador. Desde luego buscar ahí musicalidad u oportunidad hubiera sido un sinsentido aún mayor. Es probable que la expresión ni siquiera tuviera pretensiones conceptuales y sólo pretendiera describir una situación necesitada de nuevos detalles para ser contextualizada. El caso es que tras la colisión y ante la duda de interpretación he renunciado a seguir. Como apenas sé de dietas y finanzas, prefiero seguir con ejemplos de colisiones con las que puedo entrar en sintonía. Las expresiones que éstas dan no tienen por qué tener carácter conceptual. A lo que apelan es a la sensibilidad. Por eso, las imágenes que suscitan son sobre todo evocadoras, desencadenantes e instigadoras de otras. Decir, por ejemplo, que aquellos ojos suyos eran de un «azabache profundo» no habla de su calidad material. Si a continuación decimos que penetrar en aquel cuerpo comportaba «riesgos oceánicos» ya nos imaginamos un tormentoso encuentro. Si acabamos por decir, buscando una nueva colisión, que arribamos finalmente a unas «arenas melodiosas» será para deducir de la expresión algún alivio. Si expresiones como aquella primera abren la puerta a cierto conocimiento, al dar un significado y contexto específicos a una determinada situación, en las segundas el significado se va revelando a base de recabarlo en otras expresiones. Esta búsqueda de significado requiere una esforzada y prolongada aproximación que no suele tener visos de sencilla culminación. Si el significado da lugar a algún conocimiento poético, éste siempre será demasiado difuso, pero a cambio la búsqueda nos irá marcando a fondo y dejando señales indelebles.

sábado, 3 de julio de 2021

Se quedó en blanco

El narrador tenía previstas unas cien páginas y cien es lo que envió finalmente a sus editores. Del relato podría decirse que resultaba de veras interesante y ameno, incluso vibrante, hasta mediada la página 61. Llegado a esas alturas, la trama se encontraba muy cerca de las revelaciones, en esos instantes que hacen tan jugosa la lectura. Aun así, es cierto que los personajes se empezaban a desfigurar, que los encuentros se traducían en diálogos inanes y que sus líneas de actuación parecían ciclos que no conducían a ninguna parte. Puede que para algunos el curso de la novela empezara a parecerles algo estancado, pero nada hacía suponer que a mitad de una página el narrador abriría nuevo párrafo para despacharse con una escueta línea, con una conclusión inesperada en la que se podía leer: «Me tomo un respiro. Volveré dentro de un rato. Mejor que no me esperéis despiertos». Tras esa página, la siguiente venía en blanco, al igual que las 38 restantes. Un crítico, seguramente de su cuerda, apuntaría más tarde: «Un hallazgo genial y un alarde de generosidad el de este soberbio autor que no duda en ofrecer al lector la oportunidad de interiorizar y hacer casi propia esa trama tan bien trabajada. Aunque nos deje al borde del vacío, ¿quién puede ser tan mezquino como para negarse a seguirle la corriente? El autor nos está invitando, no es momento de dudar. Es hora de tomarle el relevo y, ya que nos anima a dormir, es hora de soñar lo más intensamente posible para encontrarle salida a su blanco enredo. Todo antes de que regrese, magistral como siempre, con todo su elenco».

viernes, 2 de julio de 2021

Nuevos aires para la retórica

Quienes batallan por una nueva y más incisiva retórica dicen que hablar, escupir y morder a un tiempo es algo tan digno de aprender como necesario de usar.

A mí, Sabino, que los arrollo

Dicen ahora que el idioma puede y debe ser un motor económico. Suena raro. Cabe preguntarse, de ser eso verdad, qué clase de economía mueve y quién pretende colocarse al volante de ese motor. Concebido como una máquina y con un piloto político al frente el idioma ha sido casi siempre un instrumento de dominación, un modo de imponer la soberanía del fuerte y acabar creando un discurso legal único. No creo que ahora sea distinto. En su expansión el idioma crea cautivos culturales, que pasan a ser delegados y beneficiarios económicos de un sistema monolingüe. Con el pretexto de que esto permite crear un mercado laboral más saneado y fluido, se atropellan sin escrúpulo y por vía administrativa los idiomas no comerciales, los cuales se ven condenados a acabar como lenguas muertas. Desgraciadamente un idioma no se proclama triunfador entre los nuevos hablantes por haber ampliado su visión del mundo sino por haberles ofrecido mejores oportunidades económicas. Lo de siempre, a medida que los hace más ricos, los despega del que fue su mundo al que solo volverán ya como ciegos nostálgicos. Esas maniobras para una reconsideración económica de la lengua encubren ensueños de soberanía, pero se ven determinadas al mismo tiempo por fines bien concretos. Son fines económicos, evidentemente, ajenos por completo a la fecundidad cultural, que meten en disputa a las lenguas, apenas favorecen una mayor capacidad comunicativa y dificultan una comprensión adecuada del mundo en su diversidad.

jueves, 1 de julio de 2021

El rostro

Doris Lara, en tránsito desde Honduras a Kansas City
 con su hijo de cuatro años. Adam Ferguson, New York Times, 2021 

Cuando uno llega ante un rostro como éste, hay algo en la mirada que le interpela y ya no puede engañarse, ni siquiera puede mirar para otro lado. Esos ojos le fijan, le amarran a una realidad ingrata que nadie parece tener interés en mostrar. Lo cierto, lo real, es que ellos abandonan lo que tienen, lo poco que aún les quedaba: familia, amigos y quizá su propia casa. Es difícil mantener todo eso, cuando es necesario mantener la esperanza. Te cuentan su historia y, si no representa un declinar lento y agónico, queda hilada por episodios donde sobresale el abuso y la violencia. Las desgracias han ido cambiando el rumbo de sus vidas. A veces les han obligado a rehacerse y ahora prefieren renacer, pero en otro lado, lejos. Comparado su curso con el nuestro tan rutinario, siempre orientado por afanes e intereses definidos, parece como si en el tiempo que vivimos nuestra vida ellos ya hubieran vivido varias. Al final esas vidas no son del todo fallidas, pero dejan huella en el rostro. Acostumbrados por la publicidad a ver reflejada en los rostros un amago de felicidad permanente, éste lo encontramos raro. Esas vidas han ido creando en él un poso de autenticidad, de dignidad y de franqueza que ya no es frecuente en los de aquí. Probablemente, en su situación nos daríamos por vencidos y, resignados, diríamos que no hay soluciones. Pero si has vivido otros desastres, te reinventas. Piensas que esta vez será una más, que vivir la vida se reduce a seguir tu propio camino y jugártela.