Mides lo que mides, sólo hasta donde llegas, más allá no eres nadie, eres un átomo, seguro que un átomo bien pensante, pero a todos los efectos insignificante. Haríamos mejor no ilusionándonos cuando, mecidos por las palabras, nos vemos donde no estamos y nos creemos lo que no somos.
sábado, 19 de marzo de 2022
viernes, 18 de marzo de 2022
Ser o no ser
Lo que puede ser, propiamente no es, o por lo menos aún no es. Que nadie nos venga intrigando, pues, con lo que pudo ser, con lo que podría ser o —si nos ponemos retóricos— con lo que en potencia es. Para evitarnos esos líos, siempre hay quien nos propone «esto es seguro». Pero no sabemos con certeza si afirma de esto que es seguro o si afirma con seguridad que esto es. Ya sé que sólo es cuestión de una coma de quita y pon, pero aun así será mejor que dejemos todo esto claro de una vez. Para empezar, si no es, no es, pero si es (vamos, si fuera) tampoco sería seguro, porque puede que nos engañemos con lo que tenía que ser, o sea con algo que por desgracia no siempre es lo que creíamos que podría ser. Hasta aquí puede que todo parezca algo confuso, pero llegados a este punto es cuando necesitamos estar muy atentos, porque justo entonces la duda reaparece y volvemos a entrar en la nube. Ahí empezamos a ver con meridiana claridad, y hasta nos atrevemos a afirmar lo que Hamlet nunca hizo, a saber, que en esto de saber si algo es —y por extensión si nosotros mismos somos algo— puede que nos estemos engañando. ¿O es que no nos engañamos cada vez que planteamos la cuestión acerca de si es o no es, teniendo en cuenta que ni siquiera podemos asegurar, aunque así lo creamos y proclamemos, que propiamente somos algo?
jueves, 17 de marzo de 2022
Soluciones para todo
—Esto mío tiene que tener solución.
Evidentemente no se refería a su teorema, a menos que él mismo se considerara parte —qué menos entonces que el eje central o el principio básico— de una importante teoría, quizá la única realmente importante. Había que intentar hacer una clara distinción entre las condiciones que se daban. Las necesarias debía de incorporarlas a la definición que tenía hecha de sí mismo, siempre tan bien dispuesta y a punto. Pero nunca bastaba con eso, había condiciones pretendidamente suficientes que eran para él difíciles de alcanzar. Presentarse frente a un teorema y pasar todo eso a limpio podría desde luego ayudar a salir del atolladero. Lo que tenía en mente no podía considerarse una mera consecuencia; de ser algo sería el nudo gordiano, la clave de solución del problema. Para aliviar el enorme peso que debía de soportar su agotado espíritu y poner algún remedio a ese dolor interno que medraba en él, no bastaba con sentirse suficiente, había que tener audacia y tratar de conseguir lo que resultaba necesario. Eso es lo que le permitiría romper el cerrojo y ofrecer, una vez demostrado el teorema, una nueva versión de sí y una salida a otro mundo distinto, abstracto pero poblado por entes nuevos, o sea lo que en términos vulgares llamaríamos alcanzar una solución. Porque esa solución existía, de eso estaba seguro, en parte dentro de sí, en parte flotando a su alrededor. Si relacionaba ambas partes, lograría dar nuevo impulso a su vida, sólo un pequeño paso seguramente, de momento un argumento como para despreocuparse y no encerrarse a solas a rumiar con su problema. Para él redondear el teorema era eso: un modo de salir al exterior. Cuando lo explicaba a los demás, lo miraban con extrañeza, como si escucharan delirios estrambóticos, sentimientos más propios de un marciano. ¿Un teorema? ¿Dónde va a acabar éste? ¿Qué nos quiere demostrar? Ellos preferían vivir acomodados, conscientes en todo momento de lo que les contorneaba y limitaba, de lo que les separaba de ese entorno confuso y enigmático, de lo que les protegía frente a los problemas. Ellos no necesitaban enredarse en teoremas ni teorías, porque al parecer no tenían problemas. Se les veía bien enfundados en un yo seguro y sólido, impermeable a condiciones impertinentes, ajenos al curso de esa lógica que a él tanto le atormentaba. Desconocían lo que era sentir su cuerpo debatiéndose entre necesidades y posibles, alertándole de peligros y misterios aún muy lejanos, pero siempre presentes a través de ecos sordos, en voces susurrantes que llegaban hasta sus entrañas procedentes de un indefinido extrarradio. De esos lugares le llegaban algo parecido a flujos, se diría que aromas de flores varias y una borrosa imagen de paisajes plácidos que anunciaban paraísos concluyentes en los que su cuerpo seguro que encontraría por fin solución. Entre tanto sucedía, él se repetía una y otra vez: el dolor de costillas, tiene solución; el follón de la guerra, tiene solución; el azote de la pandemia, tiene solución; el mundo, así cogido en general, tiene solución. Al final tendía a pensar que todo era cuestión de asomarse al otro lado y darle la vuelta a lo que parecía indiscutible, a la lógica. En él todo cuadraría, como en esas teorías escuetas y elegantes habitadas por entes diligentes y conformes, y todo quedaría además envuelto en fragancias sublimes y abierto a horizontes impensables. Pero aquí nadie creería en un teorema adornado por bonitas cenefas sobre anchos crepúsculos, en un cuerpo reconfortado por bálsamos milagrosos. No veía claro cómo explicar a esa gente un álgebra sin condiciones, llena de olores y colores, así que a todos ellos mejor sería no contárselo.
miércoles, 16 de marzo de 2022
La piñata perpetua
Asistimos en las redes a un sorprendente y tácito acuerdo. Mirando con resentimiento a los que aún permanecen en pie, expuestos en la estantería virtual, casi todo el mundo justifica sus invectivas diciendo lo mismo: «Como no soy prácticamente nadie, aquí emboscado entre montones de alias, me conformo con disfrutar y hacerme notar afinando la puntería con esos muñecos. No soporto verlos ahí tan pinchos, creyéndose mejores porque que tienen nombre, y algunos presumiendo además de renombre. Puestos a pedir, preferiría que, además de atinar, fuera su verdadero nombre el mismo con el que se presentan, porque así mi piñazo les haría de verdad pupa».
Cosas del inefable
Con sus enormes ojos, llenos de tierna solicitud, la niña le pidió: «Anda, cuéntamelo otra vez, pero desde el principio». Ella entonces la miró amorosa y casi susurrando inició lo que parecía una cantinela conocida: «Desde el principio era el verbo...». Ahí la niña le paró en seco. «No, no, no era así, era "en el principio"», le corrigió. La madre elevó su mirada hasta lo alto, como para retomar el hilo, y volvió más confiada. «Es verdad, es verdad; a ver si era así», y en tono más ceremonioso, aclarando la voz, continuó: «en el principio era el verbo y el verbo era.., era... espera ¿qué era? ¿quién era?». Ahí volvió a atascarse, la memoria parecía querer traicionarle, la palabra se resistía a ser pronunciada. Sin poder disimular sus ansias la pequeña se enfadó, se negaba a admitir aquel repentino olvido de su madre. «Pero si ahora ibas bien, sigue, sigue», le insistía. Como si saliera de un pozo profundo la madre le preguntó a la pequeña: «Espera, no sé si... esto... ¿el verbo no era dios?». Ésta se quedó mirándole con cara de asombro. «Nunca me lo contabas así, siempre decías lo inefable, el verbo era lo inefable». Su madre se quedó extrañada dudando, mientras pensaba para sí «si el verbo es lo primero y principal de lo que todo parte, ¿cómo va a ser inefable?», y luego «que no, que eso no puede ser, pero ¿y ahora, qué le digo a ella?». En este trance estaba cuando le llegó la inspiración y encontró la solución: «Mira, esto del verbo del cuento es una cosa muy complicada y nadie lo entiende de verdad. Y si algo no se entiende bien, es mejor no ponerse a hablar de ello, porque si no todo el mundo, en vez de decirse cosas, se haría un lío ¿verdad?». A la niña no le gustó nada la explicación: «Me da igual quién sea el inefable, lo que pasa es que a mí me gustaba ese cuento». Viendo que se iba enfurruñando, su madre le cortó: «Bueno, vamos a dejarlo. Inefable es justo eso, algo que no se puede decir. Así que tampoco se puede hablar de eso ni meterlo en un cuento. Vamos a callar, pues». Cuando la madre se fue, la niña se quedó muy triste, metió la cara entre sus pequeñas manos y sin decir nada más se puso a llorar desconsolada.
martes, 15 de marzo de 2022
Sigamos al caballero
Mientras el conocimiento ordena las ideas y nos va marcando el paso, hay que recurrir a la intuición para entender cómo surgen y qué impulsa su animado trote, pero eso no impide que, por delante de intuición y conocimiento, abriendo la marcha, veamos a la imaginación correr destacada, volando al galope al mismo tiempo que huye con nuestra cabeza.
lunes, 14 de marzo de 2022
Cita apócrifa
Dice la Biblia apócrifa de Gilgal: «Y tras el trueno se oyó una angélica voz que decía: "No temáis las llamas devoradoras, acercaos, no vaciléis, porque ya estáis muy cerca de la gloria"». Ahora la pregunta no es dónde está Gilgal ni si existen una o muchas Biblias apócrifas, tampoco quién las redactó o quién reunió los textos. Me quedo más con el trueno y sobre todo con esa voz que parece querer revelar lo que alguien situado mucho más arriba, o quizá más abajo, demanda. La clave debería estar en el mensaje, pero el mensaje es un tanto oscuro, llega enturbiado seguramente por lo que esas llamas van devorando y por la aniquilación que vienen anunciando a su paso. En dirección hacia ellas marchan los más fieles compensando sus temores con el crédito que el portavoz y su mensaje les merece. Habría que hablar mejor, pues, de fe cuando todo lo fían a ese difuso pero glorioso punto desde el que la voz les llama. Por tanto, la pregunta decisiva sería más bien si podemos fiarnos y seguir adelante cuando esa voz surgida desde lo profundo, nos invita, antes de perderse en lo etéreo, a buscar nuestra razón de existir, nuestra patria original, en el mismísimo infierno.
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