viernes, 8 de abril de 2022

De Horacio a Wittgenstein

La idea que de que hay una edad para saborear el presente y otra posterior a ella en que ya sólo podemos dedicarnos a descifrar el futuro y recrear el pasado está profundamente arraigada en quienes tenemos ya unos años. Y así resulta que, cuando más debería importarnos el presente, lo vemos ante nuestros ojos desvanecerse, perdiendo poco a poco el prestigio del que un día gozó porque en ese tiempo gozamos. «Va demasiado rápido, ya no nos da tiempo de disfrutarlo», me dice siempre el colega. Pues precisamente por eso es por lo que deberíamos esforzarnos y, si no se deja atrapar, quedarnos suspendidos en la intemporalidad neutra, salir de esa vigorosa corriente que nos lleva al disfrute y contemplar las aguas del río sin entrar en profundidades agónicas, viendo el sol rielar y mansamente acariciar su superficie. 
No sé bien a qué edad escribió Horacio su oda, sí justo aquella que acaba con carpe diem, quem minimum credula postero. No parece que fuera de sus escritos últimos, pero si fuera de los primeros sorprende que en una oda juvenil se cite con preocupación a la muerte. En vez de rechazarla o desconocerla, lo que en ella se afirma es que el mejor modo de conjurar la larga sombra de la muerte es  vivir intensamente el presente. Quizá no seamos los veteranos ahora capaces de dotar ese presente de la intensidad de antaño, pero, a diferencia del pasado y el futuro, lo seguimos teniendo a nuestro alcance. Debería de valernos, pues, el consejo que Horacio dedica a Leucónoe (cuya edad desconocemos):
Sé sabia: filtra el vino
y ataja una larga esperanza, porque duramos poco.
Mientras hablamos,
huye el tiempo celoso.
Goza el instante: no te fíes del mañana.
Horacio sin duda sabía que vivir bajo la sombra de semejante amenaza no deja de ser agotador. La felicidad sólo puede ser ocasional, efímera, fortuita, y buscarla o pretenderla es tarea ardua. No hay solución posible, aunque algunos creen que hay un más allá de la prolongada continuidad donde tendría su sitio. Aunque aconseja vivir en el instante continuo, quizá sea preferible optar por ese amplio margen desde el cual el tiempo se ve como una recta fría, que como una flecha nos acecha, para así entrar en la intemporalidad. Puesto que la felicidad parece inaprensible, prescindamos del tiempo. En cualquier caso, dejémosla venir como un estallido momentáneo, como un eco profundo, como un seísmo capaz de hundir este mundo que tanto nos atormenta. Y así, cuando se haga el silencio, lo que quede ante nosotros nos parecerá todo y lo mismo.
En el apartado 6.4311 del Tractatus Logico-Philosophicus, L. Wittgenstein presenta una serie de tres aforismos donde se avanza por esta vía de la radical negación, negación que dedica a la muerte para asumir a cambio la frágil intemporalidad del presente:
La muerte no es ningún acontecimiento de la vida. La muerte no se vive. 
Si por eternidad se entiende no una duración temporal infinita, sino la intemporalidad, entonces vive eternamente quien vive en el presente.  
Nuestra vida es tan infinita como ilimitado nuestro campo visual.

jueves, 7 de abril de 2022

Posibles efectos

Las posibilidades creadoras de la inteligencia están tan sobredimensionadas al menos como subestimados los efectos devastadores de la estupidez.

miércoles, 6 de abril de 2022

Mastodóntico error

Del mismo modo que otros tallan madera, pintan paredes, cortan la hierba o lanzan insultos frente al ordenador, a mí me dio por organizar y dar caprichosa forma a toda una legión de células. Debido a su mastodóntico número, acabé proponiéndome lo más obvio: crear un mastodonte. Si lo piensas, organizar algo así no es tan difícil. Lo más difícil es encontrar y reunir todo el material necesario. Como las células están por todas partes, en principio para recolectarlas no debería de haber problema. El problema principal es clasificarlas y acantonarlas en distintos cuarteles para que no entren en disputa y se malogren de manera que, incluso antes de empezar, la pretendida organización se quede en nada. Todas esas tareas previas me llevaron días y días de arduo trabajo, pero al final, siguiendo el detallado organigrama que me había diseñado, tuve el acierto de ir formando imponentes regimientos celulares. Fui tan meticuloso que llegué a tener allí alineadas células de todos los tipos de muchas de las especies conocidas. 
Con todo dispuesto, llegó el momento decisivo del ensamblaje y la adecuación. Me puse manos a la obra para integrarlo todo con arreglo a la organización que venía prescrita en los papeles. Con los osteocitos fui montando una estructura bastante sólida; empezaron a rodearla de forma espontánea los escuadrones de glóbulos, a medida que se deslizaban por sus estrechos vasos; en lo más alto coloqué el regimiento neuronal central, formando un núcleo poderoso, y desde ahí las neuronas se fueron extendiendo e infiltrando por todas partes hasta formar una compleja red; atravesados por vasos y nervios, fui tejiendo con cuidado amplias formaciones de miocitos, todos ellos afibrados y contráctiles, y fue entonces cuando, como por obra de magia, aquello empezó a moverse; por encima de todo ese conjunto fui disponiendo una tras otra capas y capas de células epiteliales, a fin de cerrar el paso a los intrusos; a partir de ahí, me fui remitiendo de vez en cuando al diagrama para completar el organismo con los restantes regimientos celulares. Cuando finalmente y con mucho esfuerzo logré colocar todas las células en su sitio, procurando en todo momento mantenerlas en armonía para que no se desgraciaran, cada una de ellas estaba ya presta a cumplir con su función. 
Atendiendo como estaba a los últimos detalles, apenas llegué a reparar en la tremenda criatura que se levantaba ante mí. Miré una vez más el organigrama para que no quedara nada al azar en el flamante organismo. La verdad es que había partido de un diagrama quizá demasiado sencillo, donde el mastodonte era concebido como un ente minuciosamente articulado, justo hasta la última célula. Sin embargo, puede que allí no pudiera reconocerse del todo aquella mítica criatura, de la que por desgracia sólo nos ha quedado un vago recuerdo, algún dibujo y una concepción algo imaginaria. Así que la sorpresa, mejor la decepción, no tardó en llegar cuando aquel organismo descomunal, una vez erguido, trató de ponerse en marcha. Fue entonces cuando me di cuenta, absolutamente desolado, de que lo que había organizado no pasaba de ser una versión más, bastante monstruosa por cierto, del organismo humano. 
Cuando para contemplar mi obra, me planté frente a este nuevo homínido, el resultado me pareció horroroso. Mi enfado creció a tal punto que inmediatamente dejé de mirarlo y, con tremendo cabreo, me di media vuelta. Mientras lo iba dejando atrás, no podía parar de mascullar: «¡Joder, cuánto tiempo perdido! Ya se puede poner éste a cuatro patas que nunca jamás llegará a mastodonte». No sé bien si aquel inocente humanoide entendió mi arrebato o se sintió menospreciado. El caso es que mis palabras actuaron en él como un resorte. No sólo se puso en marcha, sino que salió al trote, como desbocado, como si quisiera huir. Tan precipitada fue su carrera que ni se molestó en ver que su fanático diseñador, su brillante creador, marchaba por delante. En su huida loca me pasó por encima, desentendiéndose por completo de este humilde atropellado, del humano al que, tras darle vida, había ganado la posición.

lunes, 4 de abril de 2022

El regidor y su santo grial

Aparte del viejo mobiliario, en su habitación había bien poco: en la estantería unos cuantos libros de segunda o tercera mano, en la mesa un vetusto ordenador de primera generación conectado a una pequeña pantalla y a su lado una taza descascarillada con restos de café. Un universo trivial, un refugio vulgar, un ambiente cotidiano y aburrido. Su salida a deshoras entre gritos y el tremendo ruido que había armado alertaron a un vecino que me llamó asustado. Aunque de mala gana, me levanté movido por un extraño presentimiento y me acerqué hasta su apartamento. Hacía tiempo que no lo pisaba y siempre lo había hecho de día. Nada más abrir la puerta, cruzar el umbral y verlo vacío, aumentó mi preocupación. Pronto me di cuenta de que, presentándome de madrugada, llegaba a un mundo privado, de que invadía su sancta sanctorum. 
No se veía mucho, pero era como si hubiera salido de estampida tras alguna llamada urgente. La pantalla seguía ahí todavía encendida, proyectando una pálida luz que envolvía en una densa penumbra toda la habitación. La tenue claridad que cubría la mesa excitó mi curiosidad y me acerqué hasta la pantalla un poco a tientas. Al principio aquello me pareció una artículo de prensa, pero luego vi que había estado escribiendo y que había dejado algo a medias. Quizá fuera un mensaje para curiosos entrometidos como yo, quién sabe si no era su propio testamento. Temiendo que volviera y pudiera sorprenderme husmeando en sus cosas, me decidí a echarle una ojeada rápida. No parecía largo. Tras las primeras líneas, movido por la costumbre, me acerqué la taza a los labios y apuré el café que quedaba de un sorbo.
«Por iniciativa propia vivo aislado creando mundos que puedan sustituir aquél al que prácticamente he renunciado. Ese aislamiento ha provocado en mí un creciente ensimismamiento, pero la imaginación que gracias a él ha florecido me ofrece en compensación variadas fantasías. En ellas veo surgir mundos dóciles, mundos que sé bien cómo someter a mi criterio y en los que además puedo llegar hasta donde deseo. Como con ellos no hago daño a nadie, el bien se pliega ahí sin dificultad a lo dictado por mi mente y en los episodios mundanos consigo incluso proyectarme como ilusionado benefactor. Probablemente quien mire todo esto desde fuera, si eso es posible, me vea como un terrible fantasma sobre mundos que tiritan ante mi inevitable presencia o que soportan afligidos mi monstruosa tutela y dirección. A ojos de ese observador, supongo que este ejercicio imaginativo mío resultará bastante inquietante, pero seguro que aún le parecería peor que me pusiera a corregir, abusando de mis facultades fantásticas, el curso natural del mundo que es propiamente mío, del que al nacer se me dio. Como lo que traía nunca me pareció realmente suficiente, me vería ese supervisor constantemente empeñado en construir, a golpes de voluntad heroica y a costa de todo lo que me rodea, un arbitrario espacio para la evasión y el ensueño. Partiendo toda la inspiración de mí, tanto en éste como en aquellos mundos, quizá le asombre comprobar cómo todo y todos me sirven, una vez figurados y trasladados a ese escenario en el que actúo como soberano director. En realidad, además de ese supervisor, todo el mundo sabe de sobra que no hay soberano sobrio, que lo que a todos ellos les sobra su soberbia. Para confirmarlo no hay más que seguirlos en su despliegue alucinado e imponente: los dones se distribuyen por su mundo en virtud de sus necesidades y los efectos ocurren en atención a la causa primera que su sola presencia representa. Si eres tú lector el que me sigue, reconocerás fácilmente en mí al ensimismado que, arrastrado por su delirio, cree ya ejercer como supremo creador tras haberse forjado con mimo una cárcel exquisita, un mundo fantástico donde todos viven sólo para él.»
Justo había llegado ahí cuando la puerta se abrió. Volvía de la calle con un bocadillo y al verme se cabreó muchísimo. Que qué hacía allí, que quién era yo para andar curioseando, que desde cuándo tenía llave. Tuve que recordarle que él mismo me la había dado un día «por si acaso». Poco a poco mis explicaciones le fueron calmando. Sorprendentemente no le dio gran importancia a verme asomado a la pantalla leyendo atentamente su escrito. Me dijo que había querido escapar de todo lo que andaba escribiendo, que necesitaba despejarse y tomar algo. De repente su tono amistoso cambió de forma radical. Se fue directo a la taza, tiró con rabia el bocadillo en la mesa y, prácticamente fuera de sí, el ensimismado regidor, que tenía por amigo, se volvió hacia mí, su preocupado observador, para abroncarme: «Y encima te has acabado mi café, sólo me has dejado los posos. Esto sí que no se lo perdono nunca a nadie».

domingo, 3 de abril de 2022

Segurola y Cía.

Lo único seguro es que quien busca lo seguro rehuye el curso natural, siempre tan inestable y sujeto a molestos cambios. Todos aceptamos el tiempo, porque es el cambio obligado, el cambio por el que nos vemos forzados a marchar. Aduciendo razones de seguridad, tratan algunos de no los saque de la ruta normal y no los meta por terrenos escabrosos y abruptos. Aunque vayan sin freno y cuesta abajo, piensan ellos que moviéndose en un continuo el mal siempre será menor. Entre suspiros van mirando, mientras tanto, hacia arriba, o sea al cielo, confiando que de ese modo el mal les resultará ilusorio y quizá hasta imperceptible. Bajando a trompicones, uno notaría, a medida que cae, los sucesivos golpes, pero en el continuo siente como si tranquilamente se deslizara. Lo cierto es que da igual cuál sea tu sensación de seguridad si tu destino final es el abismo.

sábado, 2 de abril de 2022

El templo como bote salvavidas

François Musin (1820-1888), Rowing boat in stormy weather
Tras recordar Mircea Eliade, el famoso estudioso de las religiones, en una nota de su diario de enero de 1955 que el nombre griego para templo es naos, pasa a subrayar su carácter simbólico como refugio monumental: «el Templo, es decir la sacralidad expresada en volúmenes, está concebido como un navío». El navío sería, pues, para los antiguos el vehículo que permitiría viajar hacia el cielo o el más allá atravesando las tinieblas y el caos que se oculta bajo las aguas. Y digo los antiguos, porque la idea es compartida en diversas culturas. No tenemos más que recordar en la Biblia la peripecia del arca de Noé. Continúa Eliade apuntando al respecto la idea de que «la travesía perfecta no puede efectuarse más que en un "navío", es decir en una "forma cerrada" que protege de la degradación, de la dispersión, de la disolución». Elude así en su nota el destino del viaje para centrarse en la seguridad conseguida al aislarse y cerrarse a las tormentas mundanas. Puede que los templos ofrezcan seguridad e inviten al recogimiento, quizá encontremos hasta paz. Más difícil será que, rodeados por todas esas imágenes que desde los múltiples altares laterales nos observan silenciosas e inquisitivas, sepamos  bien a dónde nos dirigimos desde ahí y, más aún, a quién debemos mirar.

viernes, 1 de abril de 2022

Pasos inciertos

A veces odio en mí al equilibrista algebraico. Marchando por esa maroma se acostumbra uno demasiado fácilmente a contemplar de otra forma la naturaleza, también la naturaleza humana. Gracias a los nebulosos símbolos, siente de hecho que la sobrevuela: examen riguroso, perspectiva amplia, precisión razonable, dominio y control. Aupados a esas alturas por geometrías soberbias, uno se encuentra más cómodo, muy lejos ya de la amenaza de las fieras. Eso no significa que nuestros temores desaparezcan, pues sabemos bien que un mal paso, una falsa prueba, puede hacernos caer en el vacío insondable, en el error letal, en el mundo real donde podemos vernos sometidos a una prueba mucho más incierta y cruel, al equilibrio de fuerzas.