viernes, 19 de noviembre de 2021

Ciudades fantasma

Siempre ha sido así. Nada de lo que vemos resistirá incólume al azote de los elementos y al paso del tiempo. Hoy por hoy son muchas más las ciudades aún enterradas que las rescatadas del olvido. Asociamos todo ese pasado enterrado con los albores de la civilización y miramos particularmente a Egipto y Oriente Medio. Sin embargo, estamos rodeados, incluso en nuestras cercanías, de pueblos desolados y edificaciones ruinosas. Al recorrerlos, todos esos sitios evocan otros tiempos en que fueron lugares florecientes donde la vida bullía por doquier. Normalmente vemos la ausencia de vida como una pérdida irreparable que certifica su desaparición. No falta quien se hace a la idea de lo que hubiera podido ser de esos lugares si en su trayectoria no se hubiera cruzado una sequía, un terremoto, una inundación o cualquier otro acontecimiento fatal. De todos modos no hay que ir al pasado remoto para ver cómo el destino ha truncado el futuro de algunos. No siempre hay que desenterrar las huellas de un desastre porque aún son perfectamente visibles. Basta recordar lugares como Chernobyl, Fukushima, Detroit, Nueva Orleans y otros muchos. 

Fuente en una antigua universidad técnica. Gyumri (Armenia)
Terence Abela para The Guardian

Con todo, los casos más enigmáticos son los de aquellas ciudades fundadas no como centros  de comercio y servicios sino como focos impulsores del saber y el progreso. Algunas surgieron en lugares secretos y fueron acondicionadas como centros intensivos de investigación para evitar distracciones y conseguir mayor productividad intelectual. Hablo de esas ciudades de la ciencia en las que se recluía, como si de granjas fuera, a «los más sabios» para que allí pusieran su mejores huevos. Muchas de estas ciudades han tenido un destino dramático, toda vez que la financiación que sostenía la plantilla de técnicos y empleados, todos ellos funcionarios, así como los planes y estrategias políticas que las habían hecho surgir caducaron. Concebidas como grandes burbujas ajenas casi siempre al entorno y alimentadas por una red de comunicaciones permanentemente vigilada por vallas y barreras, eran satélites directos de los centros de poder. Al haber sido habilitadas y blindadas como refugio donde los científicos vivían confinados para llevar a cabo sus investigaciones sin verse perturbados por la molesta realidad, la mayoría de estas ciudades parecen, tras quedar abandonadas a su suerte, resistir sumidas en un letargo del que probablemente nunca despertarán. Sus edificios desvencijados y amenazando ruina, sus calles vacías y devoradas por la maleza, esos hoteles, teatros y oficinas donde uno cree aún escuchar el eco de mil voces, le dan al conjunto un aire fantasmagórico. Lo que queda a la vista ya no es propiamente una ciudad, sólo puede ser visto como un mundo sumergido en el pasado del que sus habitantes han huido a un incierto futuro al cesar la actividad y resultar todo prescindible y, en algunos casos, al volverse el ambiente inhabitable. Sin embargo, en muchos casos las cosas no fueron tan fortuitas: hubo una orden y al otro lado de los montes que circundaban la ciudad se decidió que aquello ya no valía la pena, que sus habitantes deberían resignarse, aunque lo que se les dijo es que por fin eran libres de irse y de intentar rehacer sus vidas con grandes ventajas en otra parte. Imagino la nostalgia con la que, en un ocasional retorno, en uno de esos viajes sentimentales, ven esos emigrantes forzosos el escenario vacío de sus inolvidables vivencias. Aulas, laboratorios, salas de congresos, jardines y paseos se han ido hundiendo inexplicablemente, y lo único que ya cabe esperar es que, como a las viejas ciudades, a todo ello el tiempo le dé digno entierro sustrayéndolo a la curiosidad de los turistas y a la codicia de los saqueadores.

jueves, 18 de noviembre de 2021

El oscuro trasfondo mesiánico

Cuántas veces reclamamos urgente ayuda y a cambio recibimos ambigüedad. No es de extrañar que veamos aparecer salvadores en la prolongada espera. Es así como hemos ido alimentando una próxima liberación, siempre a base de esperanzas confusas, y es por eso por lo que, tras cada fracaso, despertamos hundidos en la culpa. El doble filo de estas resonancias mesiánicas, donde se conjuga muerte y vida, es bien patente, y está quizá mejor expresado, en este terceto de un soneto de Walter Benjamin: Ángel de la paz cortado por la espada / Floreciente niño compañero de la muerte / Redentor que nos llama desde el exterminio. Todo concluye en este último verso: Sé tú salvador y liberador de nuestras culpas.

miércoles, 17 de noviembre de 2021

El fascinante vuelo de los buenos

Olvidados por ese dios del que medio mundo habla, pasan los ángeles a moverse libres y a su aire hasta que de pronto reaparecen entre nosotros convertidos en hombres superlativos. Como resultado seguimos fascinados en viñetas y pantallas las hazañas de personajes tales como Superman, Batman, Spiderman y demás manes. A estos ángeles, aterrizados desde las alturas, nos ha dado por llamarlos superhéroes, algo a lo que no acabo de encontrarle mucho sentido. Protectores incondicionales no parecen, aunque tampoco digo que sean gente guiada por su propio interés. Lo que sí parece claro es que les gusta más volar que batirse en tierra, como hacían los héroes clásicos. Sí que muestran cierto regusto en exhibirse y desde luego les encanta romper los cánones de la física. En este sentido, como voladores míticos, podríamos emparentarlos con la vieja estirpe de Mercurio. No me consta, sin embargo, que éstos traigan mensajes de nadie, porque no se deben a ninguna autoridad superior. Se deben a sus actos, con los que al parecer buscan sobre todo dar buen ejemplo. No está de más señalar al respecto que sus principios morales son los tradicionales, o sea los que derivan de las tablas mosaicas. Y como en su actividad esto se da por supuesto, los tenemos por buenos chicos, por gente a la que su sólida base moral sirve de argumento justificador. Como decía, a diferencia de los ángeles, estos superlativos no son ministros al servicio de nadie, se tienen por guerreros y como tales sólo conocen un único plan: combatir el mal, entendido como todo aquello que contraviene y violenta el marco moral en el que se mueven. Es probable que la desaparición de la figura divina los haya hecho proliferar y que esta nueva especie, a base de asistirnos y maravillarnos, quiera hacerse con su legado. Por eso hay quien ve natural la irrupción de estos híbridos, mitad ángeles mitad héroes, al entender que vienen a ocupar y darle sentido el espacio moral que había quedado vacío. Desde abajo unos y desde arriba otros, ponen de manifiesto su afán por lograr para ese espacio cierta continuidad. Erigidos en dinámicos custodios de una sociedad anclada en la inmovilidad moral, su misión es mantenerla en estática armonía. Para ello se presentan ante ella como la personificación del bien y como decididos promotores del bien general. Por su fervorosa obstinación recuerdan de algún modo a aquellos monjes soldado medievales, que valiéndose de su espada apenas necesitaron de dioses en sus correrías. Al final, como casi todos los combatientes levíticos, implantaron su propia ley, pero en nombre de los dioses postergados. A la larga, la historia cuenta que para ellos cualquier perturbación social o signo de desorden acaban por ser vistos como una manifestación del mal. Su benévolo deseo de reorientar el pacto social les lleva a ejercer una tutela paternal sobre alcaldes, presidentes y demás autoridades y a arrogarse de paso su propia autoridad sin más aval que sus facultades sobrehumanas. No deberíamos, pues, dejarnos encandilar por estos tipos superlativos que sobrevuelan la sociedad. De hecho se mueven a ojos ciegas y, en aras de una nebulosa armonía universal, actúan sin atender a los terribles desajustes que crispan la sociedad real. Así que no veo mucho sentido en aceptar a estos personajes como héroes benefactores o como ángeles custodios. Partimos de un obvio error al pensar que su físico sobresaliente debe ir acompañado de cualidades morales equivalentes. Son muchos y muy diversos los superlativos que se disputan hoy nuestra credulidad, lo que me hace dudar de que su ley esté guiada para siempre por el altruismo y la generosidad. Como hombres corrientes que somos deberíamos considerar tan imposible el portentoso físico de los superlativos como sospechosa su integridad moral. Con dioses o sin ellos, no creo que necesitemos esos asistentes. A decir verdad, con héroes anónimos nos cruzamos por la calle a diario, todo es cuestión de aprender a reconocerlos. En lo que se refiere a los ángeles, otra cosa eran los de antes, pues para quien los veía sostenidos por la voluntad divina su intención benéfica no dejaba lugar dudas.

martes, 16 de noviembre de 2021

Por las órbitas tristes

No somos mundos, sólo el frío resumen del que fue. Cuando avisto el resplandor huidizo del cometa, algo me dice que fui sol antes que planeta.

lunes, 15 de noviembre de 2021

Habló el asno

Un columnista que ha nomadeado por todos los partidos políticos se despacha hoy con una columna —supongo que para reclamar unos afectos que nunca consiguió como parlamentario— a la que pone por título Gobierna el mal. Sea cual sea el contenido, me parece demasiado burdo ese afán de entrarle al público por la vía maniquea sin otro fin que ganarse algún devoto más. Así que me gustaría redondear el título de su columna, y a tal efecto propongo este otro: Gobierna el mal, stultus dixit. Hace muy feo eso de ir de listo y vociferar burradas subido a una tribuna

Algo sobre los diarios

El contenido de un diario oscila entre las incidencias y las ocurrencias, difícilmente va más allá. Por todo él se mueve un personaje implícito, el escribano, por más que haya quienes intentan pasar desapercibidos. Así, las incidencias de algunos quieren ser crónicas de lo que han vivido en tercera persona;  otros, sin embargo, prefieren presentarse en primera persona  y colocar a los demás actuantes en la posición más cómoda y lucida para él. No faltan entre estos últimos quienes imprimen a su escritura aires de epopeya con la que pasan a investirse sin ningún pudor como héroes en hechos de dudosa resolución. Sólo hay que atender a otros cronistas paralelos, que certifican que el aludido «pasaba simplemente por ahí», para entrar en dudas sobre su pretendido protagonismo. Con las ocurrencias pasa algo parecido. El pensamiento universal, o sea el que reúne lo pensado por los humanos, es recurrente, nos repetimos. Inevitablemente marchamos, siempre con pie vacilante, sobre lo afirmado en el terreno por caminantes anteriores. Eso no impide que, guiándonos por las estrellas, creamos ser los primeros en sintonizar con el mundo de las ideas y en haber hecho descender un rayo de luz milagroso sobre todos nuestros desorientados contemporáneos. Creer que el mundo será diferente tras nuestro paso por él es una ilusión balsámica; suponer que nuestras ocurrencias han tenido o tendrán la virtud de fomentar en nuestro entorno, no digo ya en el mundo, incidencias decisivas y no meramente cosméticas es un modo indulgente de engañarse. Los hechos parecen demostrar que las incidencias generales, las que registran los anales de la historia, van por un lado y que las ocurrencias tienen sobre ellas un efecto menor del que los ocurrentes sospechan. Evidentemente ellos callan estas sospechas y apenas avisan del peso que en lo que sucede tiene la naturaleza humana, una entidad tan elusiva que, incluso con el tiempo, resulta francamente difícil de modelar. Acabemos con un símil: sobre el terreno la diversidad de lo sucedido podemos apreciarla en toda la red de caminos que nos rodea y en cada cruce especulamos asignando a ciertas entradas concurrentes funciones de causas de las que veríamos derivar el efecto escogido como salida, pero sin prestar atención a que todo se sostiene en base a la firmeza de un terreno que, no apreciando apenas diferencias, nos parece indiferente. Por eso pienso a veces que la única misión útil, si alguna puede tener un diario, sería fijar referencias y establecer diferencias en el terreno, esto es en el comportamiento humano, tanto general como personal. De este modo evitaríamos situarnos como cronistas terceros por encima de las incidencias, cotidianas o históricas, y en su justa medida nos responsabilizaríamos de ellas. Por lo que hace a las ocurrencias, las veríamos girando en su inevitable ciclo. Y así, conscientes de su movimiento ingobernable, nunca ya podríamos incluirlas, por el mero hecho de evocarlas por escrito, en nuestro patrimonio personal. Porque una cosa es tener un ideario e ir desgranándolo en sucesivas ocurrencias y otra atribuirse en propiedad un dominio conceptual.

domingo, 14 de noviembre de 2021

A favor del tiempo

La idea en la que nos movemos es que el tiempo con su empuje gratuito nos hace avanzar casi insensiblemente por los renglones semanales que marca el calendario. Avanzar, exitoso verbo, que encubre una realidad mucho más prosaica y no pocas veces cruda. Porque ese empuje nunca es gratuito y el avance al que se alude no es otra cosa en realidad que el despreocupado consumo del tiempo que se nos ha ofrecido. La carrera emprendida no puede ser entendida simplemente como progreso, a lo sumo puede ser vista como aproximación cautelosa a ese punto más allá del cual la cerrada oscuridad y la total ignorancia anidan. Mientras nos vamos moviendo, nos sentimos acompañados primero y obsesionados más tarde por una idea devoradora: querríamos conocer dónde se encuentra ese punto. En nuestro recorrido hemos abierto vías antes impensables y de ese modo creemos haber ganado casi el mundo, pero aún así no conseguimos saber cuándo se truncará este afanoso avance, a dónde nos llevará nuestro arrogante progreso y, en definitiva, hasta cuándo gozaremos del favor del tiempo.