martes, 30 de noviembre de 2021

Viajes y dudas

Cuando el viaje no es un traslado rutinario suele aparecer cargado de expectativas. Grandes o pequeñas, decir expectativas es tanto como vislumbrar en él incertidumbres. La principal es que nunca uno conoce lo que a su llegada realmente le espera. Si conoce el lugar y las gentes que lo habitan, siempre temerá que con el tiempo transcurrido se hayan obrado cambios que hagan prácticamente irreconocible lo que tenía por conocido y puedan dejar en suspenso la propia aceptación de su presencia, pues lo que nadie desea es ser malvenido. Si se mueve, por el contrario, a un lugar desconocido o vagamente conocido a través de noticias en publicaciones, la incertidumbre presidirá su acercamiento de forma cada vez más ostensible, por lo que instintivamente procurará desde el primer momento asimilar e ir encajando todo lo que va observando en el marco que previamente se había formado en una operación que siempre da pie a decepciones y sorpresas.

lunes, 29 de noviembre de 2021

Manifiesto interesado y poco interesante

En ciertos sectores de Madrid se ha acogido con singular fervor el grito que de un tiempo a esta parte ha surgido con fuerza desde algunas rotativas, altavoces y antenas, tan enérgico que ya nos atruena y asusta: Folicularios de la prensa universal uníos. Al oírlo, periodistas de toda laya, bien sean columnistas, publicistas, propagandistas, meritorios o chupatintas vulgares, se alzan orgullosos como un solo hombre en defensa de intereses muy poco universales, sin reparar en que con su apoyo van dejando la verdad muy atrás, tan desamparada, desnutrida y enteca que, ni en la que se decía su casa, será nadie pronto capaz de reconocerla. A los periodistas de a pie debería infundirles sospecha la pretensión de unir a todos bajo una misma bandera y aún más ver que el vigoroso levantamiento está encabezado por los primeros espadas, a saber, líderes de opinión, directores de cabeceras, jefes de gabinete, administradores de redes, cronistas de épica deportiva y mucho comunicador de dudoso pelaje y condición. Se quejan todos ellos amargamente de que han empezado a tener dificultades económicas crecientes porque su mensaje ya no cala como antes. No obstante, siguen convencidos de que no hay mejor filosofía informativa que la de quien paga la nómina y que no les corresponde a ellos, en tanto que modestos pero virtuosos instrumentos de comunicación, recurrir a la verdad de la calle para desafiar las escuálidas cifras de ventas. No se explican bien, y de eso se lamentan cada vez más, que su autorizada voz, que un día tuvo eco hasta en ultramar, acabe extinguiéndose en un radio muy discreto y en la práctica desaparezca al intentar cruzar la amplia, desolada y vacía meseta. Es el caso de los que siguen fiándolo todo a su onda, con ese toque tan suyo entre evangélico y patriótico, lo que hace que apenas ya nadie crea en sus informes, razón por la que reclaman sobre todo un retorno a las viejas costumbres de aquella época en que los periódicos servían de puente discreto entre el casino y el púlpito. No acaban de entender que ese grito suyo tan grandilocuente pone en evidencia la vanidad y la prepotencia con que, en nombre de una influyente minoría, se han venido pronunciando. En muchos casos ha dejado de importarles que, bajo esa sólida y cada vez más pesada carga, se haya venido asfixiando desde hace tiempo la información verdadera. La prensa se muere, eso es cierto, y será difícil que, con esos gritos estentóreos, se recupere una verdad que hoy tiende a diluirse entre los infinitos vericuetos de las redes mostrando en su agonía, a base de publicidad, un colorido tan falso como efectista.

Somos demasiado porosos

El mal que vemos sufrir a los demás, sobre todo cuando nos son queridos, lo acabamos convirtiendo en una idea que, tras revolotear sobre nuestras cabezas, acaba por ser tan lábil y plástica que no tardamos en ajustárnosla como si de un traje se tratara. La virtualidad, que no virtud, de ese traje es que pasamos a sentir el daño observado como algo nuestro. No obstante, creo que la compasión por el prójimo es un argumento que tiene aquí un valor relativo. No digo que no exista empatía ni un sincero afán de compartir el dolor, animado por el deseo de que hacerlo saber pueda de algún modo aliviar, pero ese gesto no explica la facilidad con que encajamos ese daño que para nosotros es aún ideal. Hay por ahí oculto algún sastre capaz de vestirnos con ese disfraz temible y algo grotesco, capaz de anunciarnos la cercana caída en el mismo mal que a los demás aflige.  He dicho temible y empiezo a pensar que sí esa tiene que ser la palabra tras la que el sastre se esconde. La compasión nos invita a soportar el mal como un designio colectivo, no tanto como algo inmediato: lo nuestro (hablamos del daño) aún no es lo mío. Sin embargo, el miedo, acompañado y siempre azuzado por la idea del dolor, nos mueve a convalidar el mal ajeno como algo propio, lo que nos lleva a tener que movernos enfundados en esa idea insidiosa, pegajosa y sumamente maliciosa, que, sin ser aún físicamente efectiva, tiene un oscuro reflejo en nuestra manera de llevar adelante y entender la vida.

domingo, 28 de noviembre de 2021

El mundo visto desde...

Tomaré a ciegas lo que el doctor Google me prescriba, cocinaré las recetas tal y como el chef Google me indique, apostaré sin pestañear a la firma que el experto Google me proponga, prestaré la debida atención a lo que el profesor Google me cuente, disfrutaré cumplidamente sea cual sea el rol que el gran maestre Google me asigne, tomaré puntual nota de las cifras que el contable Google haya registrado, creeré firmemente lo que nuestro venerable padre Google me dicte, me gratificaré de buena gana con lo que el sátiro Google me muestre, seguiré los consejos que mi compañero infatigable Google me prodiga, aprenderé pero nunca más allá de lo que mi instructor Google me enseñe y, en general, aprovecharé hasta la última gota de ese elixir estupefaciente que Google y su complaciente tropa algorítmica continuamente nos suministran. 

sábado, 27 de noviembre de 2021

Hijos del ocio

A pesar de los rigores que impone el mal tiempo y hace tan difíciles de sobrellevar las tareas diarias de un simple hombre de pueblo, los hombres de ciudad acuden pertrechados de imponente despliegue al encuentro de la naturaleza, con ropaje exquisito en muchos casos, llenos de vanidad y arrogancia casi siempre. A muchos les parece que exhibirse de ese modo es requisito para disfrutar de ese inhóspito mundo que sobrevive desafiante dando la espalda a la ciudad. Suponen y alimenta su fantasía que ese mundo está cargado de energía nueva, bien distinta de la que circula por las calles, los túneles y los canales, así como por los cableados, las antenas, las tuberías y toda clase de conducciones urbanas. Aunque sin afanes exhibicionistas, somos muchos los que consideramos cada vez más imprescindible salir, siquiera sea temporalmente, del raíl urbano. Estamos muy hartos de seguir por él a rueda todas las obligaciones que nos impone nuestro oficio o profesión. Necesitamos un tiempo para el ocio. El trote con el que a diario nos movemos, a rebufo siempre del vecino, del capataz, del directivo o del colega, nos hace marchar a remolque, soportando una permanente sensación de ahogo. Así que es muy fácil creer a los que nos dicen que podemos vivir una vida más auténtica respirando ese aire genuino y exótico que nos falta en las ciudades. Cambiar a todos esos quejosos compañeros de galeras nuestros por los mudos animales es finalmente un proyecto bastante apetecible. Además, en los tiempos que corren puede ser visto como un gesto con el que manifestamos nuestra clara voluntad de retorno y reintegración en la naturaleza. Es una lástima que para ello tengamos que exigir de toda la fauna que se muestre a nuestro paso sumisa e inofensiva, porque nos gustaría más verla correosa y valiente. Acostumbrados a mascotas, rebaños y demás, nos asombra ese desparpajo salvaje, aunque al final, por seguridad, los queremos obedientes y a nuestras órdenes. Deberían al menos entender que hemos venido a verlos y que por eso nos fastidia tanto esa manía suya de salir pitando a esconderse. Con ser esto desesperante, lo que nos resulta intolerable es ese afán de ignorarnos, escapar a sus guaridas y rendirse a sus hábitos sin ningún interés en presentarse. Algunos «naturalistas» se toman todo esto decididamente a mal, tiran de sus impulsos atávicos y se echan al hombro de inmediato sus armas, lanzándose seguidamente a la captura de las criaturas más débiles o ingenuas. Debe quedar claro, no obstante, que no a todos nos gusta pasearnos armados y preparados para la caza por los campos y los bosques. Somos muchos más los amigos de congeniar, confraternizar, convivir y, por qué no, de ser uno más en el seno de la madre naturaleza. De este modo cualquier humilde visitante puede conseguir sentirse por una vez en honda sintonía con el poderoso y energético pulso que emiten al unísono todos los seres vivos. Es cierto, por desgracia, que basta con que un abejorro le ronde insistente al visitante, perturbe su bien ganada armonía con el medio y, a su ridícula escala, le intimide para que éste busque recuperar sus galones. En un instante, al  insidioso zumbido le seguirá un zas seco y mortal. Por toda explicación, contará nuestro visitante que no debería esa molesta criatura haber cuestionado la jerarquía natural. De ahí esa urgencia para restablecer el orden descargando un soberbio manotazo sobre quien se mostraba a todas luces insolente y quizá hasta agresivo. Con las tripas del animal todavía pegadas al brazo, reemprende el visitante, ya más tranquilo y desenfadado, la venturosa senda con la que llenar su ocio. Tras haber asegurado ejecutivamente la paz en el exterior más cercano sigue su marcha en busca de la ansiada paz interior. Envuelto en fragancias florales, atento al canto de los pájaros, saludando el amable talante de las ovejas, ningún pensamiento inoportuno debería distraerle y permitir que el minúsculo drama protagonizado por ese abejorro pertinaz le empañe la fiesta. Y en esto está cuando, divisando el ameno prado con sus ovejas, aparece al fondo el lobo. Por jerarquía, estaría llamado a imponer orden y a defenderlas... Pero bueno, esto evidentemente ya es otra historia.

viernes, 26 de noviembre de 2021

Hombre de poca fe

No es que quieran engañarnos. Pasa simplemente que, acosados por demandas demasiado urgentes de la gente común, hablan y hablan sin saber. Y a nadie se le puede condenar por ignorancia. Bastante tiene el pobre ignorante. Sí que se le podría condenar por ocultarla, como hacen a veces con cautela los más sabios. Pero la mayoría de los gestores públicos cree saber y habla como si supiera hasta que con el tiempo las desgracias se desatan y quedan al descubierto sus vergonzosas carencias. Entonces es cuando a regañadientes entonan un mea culpa ritual, más que nada para espantar las críticas, diciendo que ellos nunca pretendieron presentarse como expertos y que no tienen, por lo tanto, por qué sentirse culpables. ¿Qué culpa pueden realmente tener si algunos les creyeron? Esa es la exculpa; la culpa parece ser, pues, de los ignorantes que creen y acompañan con aplausos a los ignorantes. Pero ¿el engaño?, no lo ven, en ningún caso.

jueves, 25 de noviembre de 2021

Risas costosas

—¿En serio? No me hagas reír.
—Deberías incluso pagarme por lograrlo.
—¡Joder, ahora sí que vas a hacerme reír!
—Bueno, por esta vez te lo dejaré gratis.