jueves, 21 de abril de 2022

Buscando un título

Paseos pensativos, ríos ociosos, 
avisos urgentes, horizontes ocultos,
espacios agotados, focos opacos,
sueños ruidosos, voces intrusas, 
rumores alados, cacerías sañudas,
fugas calmosas, armonías cautivas,
manos confusas, pianos dormidos,
puertos despiertos, mares rendidos, 
ciudades fieras, mensajes dóciles,
marejadas tensas, ideas tenaces,
vuelos ideales, paseos pensativos.

miércoles, 20 de abril de 2022

Meditación lunática

Victoria y derrota. Blanco y negro. Sol y luna. Placer y suplicio. Cielo e infierno. Positivo y negativo.
Los signos opuestos son dos y no hay forma de encontrar entre ambos signos intermedios. Para el humano uno representa una suerte de acogida cálida, el otro un frío desamparo. Si nadie nos protege, podemos suponer que estamos siendo abandonados: no cabe nada entre la acogida y el abandono. Ese es el punto de vista de cualquier niño. Por eso hace muy clara distinción entre ganar y perder. Para él se trata de seguir seguro o estar perdido. ¿Cómo enseñarles que, a no tardar, vivirán sintiéndose escasamente seguros y por momentos absolutamente perdidos? Sólo los juegos les ofrecen dos alternativas bien marcadas e inequívocas. El niño dirige de forma natural su mirada hacia la victoria donde presume disfrute y en la que no adivina caducidad, y desconfía de lo que queda a su espalda. El hecho de que su victoria suponga la derrota de un adversario, con frecuencia un prójimo bien conocido, podría enseñarle algo sobre la crueldad del juego, la vulnerabilidad de los jugadores y el fortuito giro de la suerte. Aceptar el disgusto, no digo ya el dolor, como algo normal puede parecer de algún modo como negarse uno mismo. El niño, que desde que nace siente que el tiempo está a su favor, se rebela contra el contratiempo. Pero, a medida que los contratiempos se multiplican, el niño aprende que, además de ineludibles, pueden ser significativos y quizá hasta provechosos. Es la experiencia la que en esto educa, pero no es fácil de transmitir lo que de positivo y rescatable puede haber siempre en lo negativo. Lo comentaba con enorme acierto y excelente estilo J. R. Ribeyro en una de sus Prosas apátridas:
«Lo difícil que es enseñarles a perder a los niños.[..] Pero con el tiempo llegan a comprender que también existe la derrota. Entonces su visión de la vida se ensancha, pero en el sentido de la sombra y el desamparo, como para aquel que, habiendo siempre dormido de sol a sol, despertara una vez a mitad de su sueño y se diera cuenta de que también existe la noche.»

martes, 19 de abril de 2022

No entrar en tonterías

Dicen que levantar el ánimo es tontería, despertar la lucidez es tontería, atender a la intuición es tontería, ceder a la emoción es tontería... Por lo visto, para no pasar por tontos mayúsculos, deberíamos volver al nivel de sensibilidad más elemental, al que traen de fábrica los autómatas, prescindiendo sistemáticamente de todas esas sensaciones no regladas y confusas.

lunes, 18 de abril de 2022

Acerca del error

Nunca está del todo claro lo que un error enseña. Más allá de recibir un inesperado y vergonzoso castigo nos devuelve a un terreno incierto donde creemos que el acierto aún permanece oculto. El recurso fácil es negar el sentido de marcha, que tras el error queda rechazado, para tomar justo el contrario. Pero, aunque eso nos asegure que no iremos a parar al mismo error, no nos libra de caer en uno nuevo. Con pensar que nos movemos en una línea, como entre dos polos, la negación de algo debería dar lugar a acierto tras ir a la exacta contraposición. Sin embargo, ésa es una fórmula abstracta y algo ilusoria. Normalmente negar significa más bien abrir horizontes y eso nos empuja a una nueva ya agotadora búsqueda de la solución acertada, la cual tampoco será necesariamente la óptima, si no es peor y se trata de un nuevo y más penoso error. Ante este oscuro panorama, aprender a detectar errores sería la mejor enseñanza, quizá la única posible. Sin embargo, tras reconocer nuestro error y desconfiar de lo contrario, acabamos con la impresión de que el terreno que se extiende ante nosotros es como un campo de minas. En ese punto, o sea aprendiendo detección de errores, tanto propios como ajenos, es donde solemos encontrarnos la mayoría de nosotros. Probablemente negar la detección de errores y pasar a la de aciertos parecería augurar más éxitos, pero tampoco asegura mucho. De entrada la detección de aciertos se nos antoja una enseñanza de un nivel bastante más elevado. Nos desenvolvemos ahí en una disciplina en la que uno se codea ya con astutos doctores. Menudea en ella el falso acierto —por aquello de no llamarlo error—, siempre con la mente puesta en la temible contradicción, un fallo que para cualquier pensador, al menos si es tenido por certero, supondría una caída degradante de imposible recuperación.

domingo, 17 de abril de 2022

Un erudito natural y el pedante oficial

Al primero la ocasión le sale al encuentro prácticamente en cualquier parte, mientras el segundo busca angustiado la imprescindible cita entre las notas de su escritorio o subido por la estanterías de las bibliotecas. El erudito no pasa gran apuro por confesar llanamente que algo no lo sabe y puede vivir tras haber sido condenado por declarar que tampoco le interesa. Eso es algo que jamás se permitirá ningún miembro oficial de la sabiduría, ordenado caballero pedante como buen conocedor de los entresijos culturales del mundillo. No digo que lo suyo no sea labor de intriga e investigación y, frente a eso, puede que hacerse erudito de a pie no sea tan complicado. Bien es verdad que para ello siempre hay que tener ciertas condiciones, pero más que eso importa saber acertar en la lectura de la vida. Porque la vida es un gran libro del que siempre se puede aprender si con la debida atención se mira lo que en él se muestra. Llega a erudito el que mira ahí sin cesar y se queda con lo que le parece más sorprendente; del otro lado están los que prefieren escoger su público y buscar sitios donde su retórica luzca. Pero, como decía, en la vida mirar es aprender y aprender de la vida significa también afrontar sin temor las taras que impone. Fijémonos en el menosprecio, por ejemplo, que es algo que el timorato pedante difícilmente soportaría. Aun así, no nos hagamos ilusiones triunfales con el erudito: su actitud franca, aunque heroica, jamás podrá con la actitud impostada, con la que el pedante interesado crea a la medida de la situación y de su lucimiento, ya se trate ésta de una conferencia, una tertulia o una simple reseña. Es justo en esas plazas fuertes donde el pedante muestra con orgullo, diríamos que casi con alevosía, sus saberes. Con ese fin no le importa discrepar de la vida sin inmutarse, alegando que lo que ofrece es siempre demasiado corriente y vulgar o que no vale de nada entrar en discursos dicharacheros. Nadie debería empeñarse, pues, en buscar al pedante en la calle, habrá que descubrirlo si acaso en cafetines y seminarios, atrincherado con los colegas, porque es evidente que le encanta el ambiente de sacristía y le abruma salir afuera. Finge desconsuelo por la incultura de la gente y se duele teatralmente de los que hablan en cualquier parte sin propiedad, no son capaces darles el justo énfasis a sus palabras y, aunque tratan de pensar, no saben cómo entrar en trance, soltando sus reflexiones a la ligera. Sin abandonar su pose de ponderada crítica, sigue en su tono de queja para tachar esas reflexiones de arbitrarias e innecesarias, porque le parecen demasiado libres y además no traen la cita a pie de página. No es ése el caso del erudito llano, pero tampoco a éste le gustan las ambigüedades. Del mismo modo que alivia a cualquiera de su torpeza o de su olvido, no le duelen prendas por colocar los puntos sobre las íes; igual que trae a conocimiento el dato preciso y la solución más obvia, advierte de la llegada de nuevos y muy concretos problemas. Ya que cito el olvido, tampoco es que le deprima demasiado ver cómo flaquea su propia memoria. Y en lo que al olvido público se refiere, le preocupa bien poco verse orillado de la corriente académica y alejado de cualquier honor. Es muy consciente de que, con su espíritu inquieto y curioso, su temple sosegado y discreto, y su expresión sencilla y directa, no sirve para esos oficios vidriosos que son objeto de disputa y oposición, y menos aún para dictar sentencia sobre los intereses y obras ajenos. Como no tiene reputación notoria que defender, no teme arruinarse por decir lo que le venga en gana y ante cualquier público. Contrasta todo esto con el caso el de los oficiales del saber, esos que llenan a diario las aulas. Más que tristes se sienten cuestionados cuando ven pasar sin pena ni gloria por debajo de su ventana al mismo erudito ambulante que hace corro en el parque. En el fondo envidian verlo tan fresco y solicitado, tan incombustible frente a penas que para ellos serían demasiados agrias. Desde luego que no es lo mismo eso que pasearse por el parque para calmar los nervios media hora antes de salir a escena. Y no es lo mismo subir a la tribuna con etiqueta de intelectual que manifestarse en una taberna de las afueras, animado por una parroquia entre perpleja y divertida. En todo caso, a la hora de comparar, es fácil imaginar en cuál de los dos lugares se dice y se enseña sin tapujos la verdad.

sábado, 16 de abril de 2022

Vuelta a los principios de fe

En este pequeño país se ha practicado entre el público, a plena luz y sin ningún pudor, una persuasión, o mejor una maniobra inductiva, que tiene poco de inocente. Aparentemente lo que con ella se pretendía era convencer a quien se pusiera a tiro de algo que sus valedores tenían por incuestionable. Lejos de seducir mostrando el encanto o la virtud de su oferta, la maniobra adquiría casi siempre un tono coactivo al colocar al individuo ante una suerte de chantaje moral. Con el fin de alinear a los despistados, ociosos o desmotivados en un frente común, todavía un poco despoblado y manifiestamente minoritario, se les hacía entender que, si no se unían a lo que se predicaba, estaban abdicando de su pertenencia al grupo. Eso los condenaba de algún modo al aislamiento y la vergüenza pública. Con esa idea en la mente, solía salir a la plaza, cuando no al púlpito, el predicador de turno. Su abnegada misión era concienciar a toda esa gente renuente. Dejaba desde el principio claro que para cualquiera era mucho mejor responder a su maniobra y concienciarse de buena gana que no verse después obligado a entrar al redil a la fuerza por la puerta pequeña. Con el aumento de la masa concienciada se llegaría a un punto crítico en el que propósito militante sería aún más atractivo. El grupo inductor resultaría entonces decisivo en el conflicto que con total seguridad se abriría para imponer a todos una conciencia universal y homogénea basada en sus principios.  
Desde el punto de vista personal concienciarse venía a ser para el renuente, o alienado como se decía a veces, algo así como sacudir su conciencia. La idea era que pudiera abrir los ojos a una nueva realidad en la que cobraba repentino interés lo que él antes no podía o no había creído interesante ver. La larga y bien conocida tradición de maniobras doctrinales le hace a uno entrar en duda de si tomar conciencia es hoy en día un modo de fijar la atención sobre lo nuevo o de fijar posición en un credo. Porque una cosa es orientar el punto de mira hacia aspectos que son poco visibles y otra bien distinta anclar el concienciado su conciencia para que deje de moverse por su cuenta. La primera opción satisface nuestra curiosidad natural y es punto de partida de iniciativas de investigación más o menos científicas. La segunda opción, sin embargo, hace del concienciado un tipo teledirigido y, en algunos casos, un peligroso converso. Hablo de peligro, porque no ha sido tan raro verlo aplicar en primera línea, como militante, métodos de inducción mucho más resolutivos, incluso violentos llegado el caso. Es verdad que en los asuntos para los que hoy se reclama concienciación no se ha llegado a esa fase, pero el historial de abusos sigue ahí. Cuesta poco ver que, si se desmadra, la concienciación degenera en avasallamiento y conversión a la «verdadera» fe, renunciando a la apertura de debates en los que prime la libre opinión. 
No me tranquilizan en absoluto —más bien confirman mi sospecha de que concienciar puede acabar en una maniobra tóxica— algunas declaraciones que leo en los medios. En concreto, me ha llamado la atención una «iniciativa popular» donde en lugar de la fórmula tradicional, o sea concienciar (que quizá se considere ya demasiado invasiva), se emplea otra que habla de promover la conciencia a favor de. Sabemos de sobra que el margen que ahí se ofrece para el ejercicio de la libertad, particularmente cuando se vive en entornos pequeños de vocación colectiva y cerrada, es más que relativo. En el mismo lado quedarían el concienciar y el promover la conciencia a favor, mientras que al otro lado quedaría solo el que no se conciencia. Si además pide que se abra a debate esa cuestión, justo la que debe aprobar en conciencia, se le puede augurar un duro rechazo por parte de los concienciados, que abrazan firmemente su creencia, vieja o reciente, como un principio de fe. 

viernes, 15 de abril de 2022

D. Div.

He iniciado estudios, nunca más allá de la Wikipedia, para enterarme de qué supone ser Doctor en divinidad o Divinitatis doctor. Me intrigan desde siempre los estudiosos académicos de Dios, del único y verdadero por supuesto. Entiendo que, al no disponer de pruebas a la vez materiales y divinas, no se puede avanzar por la vía empírica. La ciencia pasa a ser vista como una estrategia demasiado humilde, que tiene algo de rastrera. Ahora bien, pese a la falta del dato divino, nada impide a los doctorandos recrearse en las manifestaciones que vienen a observar en el comportamiento humano y les sirven como base de análisis. Gracias al uso sutil de esa palabra, manifestación, admiten como acción divina casi todo, a excepción quizá del Mal, siempre tan ubicuo y persistente  Bien mirado, el doctorado en esta materia tiene más de constructor que de analista. Es él, acompañado de otros de su gremio, quien ha ido levantando para el Bien una sólida ciudadela, tan alta que se pierde en el cielo. Los creyentes son el perfecto material para desarrollar su plan magistral. El que cree, al menos en el Bien, trabaja con entusiasmo en ese empeño, aunque sólo los doctores en divinidad alcanzan  a ver el trono. ¿Vacío o lleno? Jamás llegan a decantarse y quizá por eso el Bien no llega a estar a salvo.