sábado, 6 de noviembre de 2021

Deus ex machina

Hago venir palabras que a duras penas congenian. Unas sugieren, otras concluyen; unas alertan, otras calman;  unas gritan, otras callan; unas ríen, otras lloran. Lo que unas abren otras cierran. Y con ellas puedo imaginar, a un lado a unos y a los otros enfrente, todos ellos individuos a quienes se las presto y a quienes hago que obedientemente me las pronuncien. Porque soy yo, sólo yo, quien maneja este curioso invento, el que tras dar entrada al primer acto decide que a continuación venga una rápida réplica. Ellos saben bien lo que tienen que decir y lo poco que importa cómo lo digan, del mismo modo que no tienen por qué preocuparse demasiado por lo que dicen. Las palabras por sí solas centellan y refulgen como rayos cuando en lo más alto entrechocan. Y así es como yo fabrico mis rayos e inundo el cielo de vistosas luces con las que anuncio a todos insostenibles promesas. A ellos no tengo ni que decirles que son la espontaneidad, el desenfado y el automatismo lo que en su debida dosis permite que ese contraste entre palabras alcance la providencial altura y pueda ser visto como magisterio sagrado. Porque, allá donde la secreta luz se revela, todo a su alrededor brilla por encima de la vana palabrería de modo tal que todos pueden, convenientemente deslumbrados, escuchar sin pestañear la palabra primigenia, la más penetrante, la que siempre se recuerda. Bien amaestrados, estos acólitos míos no sólo son conscientes de su papel sino de hasta dónde deben llegar. He marcado los límites a cualquier interpretación, todo está claramente definido. Pueden poner su propio énfasis, pero considero que son exigencias indiscutibles en su caso renunciar a la palabra una vez lanzada, esperar sereno la pronta respuesta y aguantar con ella el envido. ¡Figúrate, si no, que un día se hicieran sitio en el cielo porque creen que siempre han sido buenos, porque nunca faltaron a la verdad, porque hablaron según su justo criterio y porque actuaron movidos por su incandescente corazón! Por fortuna todavía hay nubes donde alojarlos para que se refresquen un poco y suelten desde allí su fluida rabia sobre los que abajo quedan y esperan. Pondré en boca de estos ingenuos, a modo de guinda, mis palabras más agudas, para que compitan y para que, al ver cómo hago de las menudas chispas fulminantes rayos, todos entiendan clara y elocuentemente quién es el que domina la escena.

viernes, 5 de noviembre de 2021

Lo mismo pienso yo

Están los libros y las columnas de prensa que se te ajustan como un guante, que halagan tu temperamento, tanto si es díscolo como si es bovino, y vienen a dar cobertura a lo que desde hace tiempo pensabas sirviendo de pretexto a lo que querías hacer. De ellos se suele decir que fomentan una corriente de opinión de la cual, sin saberlo y sin permiso, participas a título perfectamente anónimo. Tampoco sabes con certeza hasta qué punto es caudalosa esa corriente por la que te dejas llevar. Lo único que puedes intuir grosso modo es quiénes la integran, aunque es probable que caso de tener que conversar con alguno de ellos salieras espantado de sus razones, tan diferentes de las tuyas, tan desconcertantes, tan agresivas. El caso es que cuando tu mentor traduce a expresiones definitivas y contundentes tus tímidos pensamientos es cuando empiezas a comprender, viendo además la compañía que congregan, lo que en el fondo tu mejunje mental tiene de grotesco. Llega después el momento decisivo en que ves con claridad lo poco que te une al energúmeno que enarbola la estaca para resolver lo que hasta hace poco tu veías como una diferencia de opinión. Embarcado, y no por azar sino por desidia, en el equipo camorrista, te sientes como si hubieras sido objeto de un secuestro del que sólo tu mismo eres culpable por tu manifiesta pereza mental y por abandonarte dejando que otros den expresión nítida y ejerzan de arietes contra todo lo que se tenga tieso con ayuda de tu vacilante forma de pensar.

jueves, 4 de noviembre de 2021

Estar fuera de lugar

Veo series y películas, sigo relativamente atento a las tendencias dominantes en el mundo de la ficción audiovisual y no dejo de preguntarme, entre otras cosas, si la mejor armadura para las historias radica en los personajes o las tramas. Supongo que a los guionistas les resulta difícil decidirse. Del mismo modo que hay excelentes tramas corales (caso de The Wire), hay propuestas que no se sostendrían sin la solidez que prestan a la historia personajes bien perfilados (caso de House). Ahora bien, pienso también que, a la hora de perfilar los personajes y vertebrar la trama, se recurre con demasiada frecuencia a lo que podríamos denominar personajes limítrofes. Me refiero a personajes cuyas andanzas, por vivir inmersos en una situación problemática, ajenos a la norma general y en el límite de lo que podríamos entender como dominio social, dan con facilidad vida a tramas que resultan bastante atractivas para quien las disfruta y las ve de lejos, mayormente desde el sofá. Los guionistas no parecen tener especial dificultad en imaginar nuevos caminos a la perversión explorando la compleja psicología humana, en ampliar las facetas agresivas con que actúa el tipo abusivo y sin escrúpulos de siempre o en dibujar sencillas guerras entre buenos explícitos y malos solapados. Escogida una situación, o mejor diríamos un tema, pongamos por ejemplo la droga, los personajes surgen con facilidad y el esquema de la historia, calcado de cualquiera de las contadas variantes existentes, no tarda en hacerlos encajar. Junto al atribulado drogadicto surge su proveedor, un cínico que no duda en ahondar el pozo en que lo encuentra, y frente a él el redentor que llega al rescate a pesar de las múltiples dificultades con las que topará en el transcurso de su misión. Añadamos al cóctel amigos, parientes y sobre todo niños para que todo respire naturalidad en un ambiente de entrada inhóspito pero que siempre es fascinante para el espectador de sofá. Vistas veinte de estas variantes, la sensación que se nos queda es que ya las hemos visto todas. Nada llega realmente a sorprendernos. Salva esta circunstancia que siempre puede enamorarnos uno o varios de los intérpretes que entran en juego (grandes interpretaciones, imponente físico, encaje con el papel y demás). Así, gracias a ellos, acabamos por reflotar como si fuera un navío nuevo lo que desde hace años vemos navegar entre las ondas audiovisuales, o sea por cualquier plataforma o cadena. A veces me digo si para no caer en repeticiones insulsas no sería mejor partir de personajes menos limítrofes y como me cuesta decir normales diré simplemente más convencionales. He llegado al convencimiento de que el argumento más verdadero —prefiero evitar también lo de trama—, y en definitiva más productivo, aunque sea por incómodo, surge cuando se lleva a uno de esos personajes convencionales a una situación límite, a una situación en que quedaría fuera de su zona de confort. Podemos comprobarlo viendo cómo las aventuras de verdad atractivas, la más inquietantes, se dan cuando un tipo como el vecino de escalera se ve inmerso en un viaje insospechado, cargado de giros aparentemente naturales. Son esas aventuras las que comprometen su manera de comportarse habitual, las que lo enfrentan a nuevos dilemas. No hablo, por tanto, de retos olímpicos o de cuadrar la voluntad hacia objetivos, hablo de situaciones que muestran al hombre común el reverso oscuro de su normalidad, hablo más bien de dilemas morales.

El lema más actual

Ni siento lo que digo ni digo lo que siento. Así de sencillo es el lema más productivo y universal de los que rigen en la actualidad. Porque la cabeza y el corazón no pueden ir de la mano. Es arriesgado. Escribe el poeta: Envuelto en aroma de jazmines amanezco en la gloria, cuando debería decir No hay mañana en que no me espante ella con su aliento. Sentencia el empresario: La reestructuración exigirá de todos enormes sacrificios, cuando debería decir Trescientos se van a ir a la calle, para mí sobran. Alerta el obispo: El cielo es patrimonio exclusivo de quienes observan la ley divina, cuando debería decir Aquí sólo puede haber cielo por ley para quienes disfrutamos de patrimonio. La verdad queda siempre comprometida, pero la mayoría de las veces acaba quebrada, en su permanente vaivén entre cabeza y corazón.

miércoles, 3 de noviembre de 2021

Demasiado estruendo

El estruendo informativo en torno a lo verde, por decirlo de una manera abreviada, es más que sospechoso. Han puesto en marcha una máquina destinada a propagar ilusión con la que nos quieren hacer creer que gobiernos y corporaciones han hecho un acto de profunda contrición y, en un insólito ejercicio de voluntad propio de conspicuos pecadores, se van a aplicar en la enmienda de sus políticas anteriores. La credibilidad de todos esos fervorines voluntariosos difundidos desde las tribunas es más bien escasa, al menos en mi caso. Hacernos creer que hay un cambio de ciclo en el trato a lo verde es inútil mientras no se observen nuevas intenciones, contando además conque las pocas que florecen no se traducen en acciones claras. Desde luego el principal motivo de descrédito tiene que ver con la trayectoria de quienes se exhiben dispuestos a subsanar sus anteriores acciones. Somos muchos los que pensamos que la única acción posible por su parte, la que podría reparar en alguna medida, por mínima que fuera, las fechorías que venimos padeciendo, es su retirada voluntaria de la representación pública. Ese sí que sería un ejercicio de voluntad efectivo. Los giros copernicanos en conducta son difíciles, pero en pensamiento son casi imposibles. Nunca me podré fiar del proyecto que lleva adelante quien un año antes patroneó el contrario. Lo oportuno es darle entrada a quien crea en él, o sea lo oportuno es cambiar de patrón. Lamentablemente pronto el estruendo pasará y en silencio las cosas volverán al sitio de donde ocasionalmente salieron. Como no quieren ver cuestionada y deslucida la vitrina informativa con la que se da cobertura al negocio, seguirán inundándonos como ahora con una imparable cascada de cordiales saludos, afanosos conciliábulos y exitosos acuerdos.

martes, 2 de noviembre de 2021

Antíope

Aunque sean homónimas, el destino mítico de las dos Antíopes es bien divergente. Poco tiene que ver la suerte corrida por la Antíope hija de Nicteo, rey de Tebas, a la que Zeus seduce tras presentarse ante ella como un sátiro, con la Antíope hija de Ares y reina de las amazonas, figura principal de la célebre batalla póntica en la que se ve enfrentada a los héroes griegos Hércules y Teseo. En principio la imagen de la mujer armada poco tiene que ver con la de la seducida. La seducida viene a reflejar dramáticamente el sometimiento que la cultura ha venido aprobando para la condición femenina. La mujer armada maneja un arma de doble filo: por un lado, asume el rotundo poder de la fuerza; por el otro, sabe que puede valerse también de la seducción. Esta última duplicidad parece haber dado buen juego en los melodramas del barroco musical y ha situado a Antíope en el centro de unas cuantas óperas. La figura, particularmente tornadiza, si no afeminada, de Teseo (con su larga lista de amores inconclusos), conviene bien como contrapunto a esta mujer fuerte y calculadora. Si la trama se completa con figuras imponentes como Hércules o con príncipes que buscan el amor travestidos de amazonas, las relaciones traídas y llevadas por el amor y la fuerza, se complican y la intriga crece. Todo este juego de géneros dobles propicia toda suerte de intrigas amorosas, contrastando su frágil sutileza lírica con intermitentes episodios de exaltación guerrera. La escena final de L'Antíope de Carlo Pallavicino parece reflejar ese hábil dominio de la situación por parte de la reina de las amazonas, que derrotada en el campo de batalla resulta vencedora en el amor, gracias a su astucia y al arbitrio del poderoso Hércules. Es precisamente en esa escena en la que la vemos cantar este vibrante Ven, corre, vuela a mis brazos. En honor a la verdad, digamos que el libreto de la ópera es de su hijo Stefano y que quizá esta aria final fuera obra, tras morir Carlo, de Nicolaus A. Strungk. La obra se estrenó en Dresde en 1689. Sólo queda por añadir lo maravillosa que resulta esta interpretación del aria, una de las más hermosas que conozco, a cargo de Lea Desandre.


Vieni, corri, volami in braccio, L'Antiope (1689), Carlo Pallavicino
Mezzosoprano: Lea Desandre.

lunes, 1 de noviembre de 2021

No están, pero aún son ellos

Hubo un tiempo en que la muerte tenía algo de fascinante y mirando a ella podíamos imaginarnos como futuros pasajeros de un viaje trascendental. Delirios de juventud, quizás. A medida que maduramos viene calando en nosotros la idea de que toda muerte encierra un secreto, quizá la clave de una vida, llenando de colorido dramático y desfigurando todo lo que en ella hay de terriblemente natural. En ambos casos, en el del viajero y en el del guardián de la llave, la muerte parece servir al interés de un protagonista, que no es otro que el muerto. Bien podría la muerte ser vista como una suerte de reintegro al patrimonio material que la naturaleza ostenta, pero esa entrega parece carecer del halo desgarrador que adorna al protagonista en cualquiera de los dos casos. Lo más difícil es aceptar que no hay tal protagonista, que la muerte lo despidió y que lo que nos queda es su fantasma. En el recuerdo de los vivos, ese fantasma es el que ha asumido sus formas y maneras. Pero, como desconoce su secreto y carece de plan de viaje, nada protagoniza, sólo llegamos a verlo vagar. Y así, como fantasmas vagabundos, nos acompañan los que un día fueron. Algunos incluso dicen verlos, no así la mayoría. A lo sumo podemos adivinarlos en esos vacíos a los que damos meditada forma a base de hechos y lugares, de acuerdos y disputas, de amores e inquinas. Es todo lo que su paso nos deja: unos vacíos en los que aún creemos reconocer su huella.